viernes, 23 de marzo de 2012

Un viaje a Budapest

El 2001 fue para muchos un tiempo de crisis, sobre todo para mis connacionales y para mi paìs, Argentina.
Algunos pueden pensar que es fàcil contar anècdotas y viajes desde lejos, tal vez hasta sientan cierto resentimiento, mezcla de envidia y odio, por los que se "escaparon" antes de que todo  se hiciera pedazos, proyectos y recuerdos, realidades y fantasìas.
Sin embargo no es tan asì, a veces juega en las vidas la suerte o el destino, o tal  vez una intervenciòn providencial que nos empuja fuera del caos. Sea como sea, mi familia se alejò del derrumbe mucho antes; en el 2000 estàbamos ya todos afincados en Europa, con otras crisis, otros proyectos, otras situaciones, construyendo nuevas realidades, otra historia para todos y para cada uno.
Mi hijo Carlos nos habia precedido y en ese tiempo habitaba en Hungrìa con su esposa Eszter, la bellìsima muchacha hùngara que lo enamorò en Còrdoba y lo llevò a su paìs. Recuerdo que en el dia de su boda, sus amigos de la universidad le regalaron una torta con una decoraciòn muy simpàtica: una linda magyar rubia que capturaba un indìgena argentino y lo llevaba consigo en una embarcaciòn con la bandera hùngara. Desde ya la magyar era mi nuera y el aborìgen mi hijo.
Serìa difìcil decir hasta que punto fue un rapto y hasta dònde el capturado era tal o a la inversa.
Cosas de la juventud, aventuras y realidades enlazadas en una hermosa historia de amor. Pero esto serìa mejor que lo escribieran ellos y no yo, aunque de alguna manera me involucrò y me brindò la oportunidad de vivir la maravillosa experiencia de un viaje inolvidable a Budapest.
El 30 de marzo del 2001 partì desde Venezia rumbo a Hungrìa en tren.
En el pasaje se lee: Venezia S.Lucia - Budapest Keleti - cucceta C6- Posto 21.22-Tren 241-Donna. Non fumatori. 2-431-86.
El tren parte a las 20 de Vicenza, llega a las 21 a Mestre, Veinte minutos màs tarde sale para Keleti. El viaje ha de durar diecisèis horas. Carlos me   manda un mail con estos datos: 1 dòlar=290 forint (£150) y el nùmero del tèlefono de la oficina donde trabaja Eszter, junto al de su casa en Budapest.
Cuando estudiaba en el Instituto Bìblico Còrdoba, el profesor de Misionologìa, Jonatan Lewis, nos decia siempre que el misionero debia viajar con un equipaje que no superara los veinte kilos.
Esta era para mi una experiencia transcultural importante que completarìa mi formaciòn como misionera, ahora entendìa lo acertado de los consejos de mis maestros y hasta podìa hacer una correcciòn: en vez de veinte serìa mucho mejor una mochila con no màs de diez kilos.
Salì del departamento que ocupaba en V.Casermette en Vicenza arrastrando una valija con quince kilos, que a pesar de las rueditas parecìa pesar un quintal.
Por fortuna desde ese mismo momento Dios me mandò sus àngeles. Dos jòvenes senegaleses, vecinos de mi piso, acarrearon el equipaje hasta la calle. Allì, por una bendita casualidad, me crucè con otro vecino amable, Paolo Giaretta, un italoargentino que residìa en el mismo edificio, quien se ofreciò a llevarme en su auto hasta la estaciòn ferroviaria;  mi hijo mayor, Fernando, habia prometido su ayuda, pero se demoraba demasiado y no quise arriesgarme. Cuando ya estaba en la estaciòn èl apareciò en un taxi, lo habia esperado toda la tarde en vano.  Claro que de todos modos le agradecì su presencia, aunque algo tardìa, porque no era fàcil moverse con la valija buscando el andèn desde el cual partirìa el tren, ubicar el asiento, colocar el pesado equipaje en la bandeja superior y esperar la orden de partida. La ayuda de mi hijo me permitiò aguardar el momento con cierta serenidad.  El arribo a Venezia estaba previsto para las 20.55, justo a tiempo para tomar el otro que me llevarìa  a Hungrìa y que partirìa  a las 21.22. Mientras me despedìa de Fernando no pude evitar un momento de angustia, hubiera querido que me siguiera hasta S.Lucia, luego recordé otra lecciòn de mis manuales misioneros: una misionera debe aprender a moverse sola, caso contrario yo no serìa màs que una turista, peor aùn, una mujer desprotegida que tiene miedo de viajar! eso significarìa para mì un aplazo en un examen muy importante, una experiencia transcultural a un lejano pais del este europeo. Elevè una plegaria interior, agradeciendo a Dios la oportunidad de visitar a mis hijos, conocer Budapest y ampliar mis conocimientos culturales, pidièndole que en todo momento me permitiera servirlo con gracia y eficacia. Despedì a mi hijo, y mientras esperaba que el tren se pusiera en movimiento abrì mi biblia en el libro de Isaias y leì el verso 20 del 10° capìtulo: "Acontecerà en aquel tiempo, que los que hayan quedado de la casa de Jacob, nunca màs se apoyaràn en el que los hiriò, sino que se apoyaràn con verdad en Jehovà...". No sabìa si serìa una misionera, una turista o una madre que visitaba a sus hijos en Budapest, tal vez las tres cosas a la vez, pero habia decidido apoyarme en Dios, sentìa que necesitaba como nunca su guia y protecciòn.  Me esperaba un largo viaje y mil peripecias.

Un problema serio! Cuando bajè en la estaciòn de S.Lucia el tren que debìa llevarme a Budapest ya habia partido; me habia equivocado, aunque en el pasaje decìa S.Lucìa tendrìa que haber descendido en Mestre, còmo podìa adivinarlo? Otra vez arrastrando la valija por las escaleras, buscando el andèn, y una vez màs un àngel que me ayuda, un joven que me lleva el equipaje y amablemente me conduce a la oficina de recepciòn para viajeros donde la empleada luego de escucharme me aconseja tomar el tren que partirìa en pocos minutos hacia Trieste, con algo de suerte tal vez alcanzarìa el tren a Budapest. Me servirìa el mismo boleto. Si lo perdìa, tendrìa que esperar otro vehìculo que salìa al dia siguiente y llegarìa a Hungrìa a las 21. Eso significaba pasar la noche en algùn hotel de las cercanìas.
Trato de serenarme, encuentro al jefe del tren a Triestre y le explico mi problema, promete ayudarme, èl me dirà cuàndo debo bajar,  desde allì tomarè un taxi hasta la estaciòn Villa Opicina, el hombre llama con su telèfono celular al encargado del tren a Budapest y le pide que me espere. Podìa yo dudar de quièn era mi Ayudador? Agradezco  y emprendo el viaje en auto. Sucede todo como estaba previsto, llego a Villa Opicina, el tren me està esperando, y sigo viaje. 
 Me ubico en una cucheta que a pesar de ser estrecha me parece el lugar màs confortable del mundo, me estiro y quedo dormida. No tengo tiempo para angustias ni miedos, no sè en què idioma me saludaràn cuando despierte, ni quienes van conmigo en el compartimiento, el cansancio me vence.

A las cinco un policìa entra en el camarote, enciende las luces, grita algo en una lengua desconocida y alcanzo a entender el consabido:  Passaport!

Dos horas màs tarde el tren se detiene, miro por la ventanilla y leo un cartel sobre el andèn que dice: Koprivnica (Kroazia), me bajo del lecho, me acomodo en un asiento, otra vez me piden los documentos, en las dos ùltimas horas ya me lo solicitaron tres veces.
En la cabina viaja una muchacha que aùn duerme en el lecho superior. Ella jamàs contestò ni mostrò ningùn documento. Me pregunto si serà una clandestina. Tal vez no, aunque nadie la molesta ni la despierta.
Desde que aclarò el paisaje es otro. Me recuerda la meseta bonaerense argentina. Cruzamos algunos pueblos donde se ven casas humildes,  autos viejos, gente mal vestida, con bolsas de plàstico en vez de valijas o bolsos de viaje. Grandes extensiones de campo, pocas fàbricas. Seguramente aùn estamos en Croacia.

Ahora si, tengo tiempo para observar el tren, se ven cartelitos escritos en varios idiomas, ruso, italiano o francès, poco inglès. No puedo evitar un pensamiento negativo, serà mejor que busque serenarme. Miro por la ventanilla otra vez, las casas tienen techos de tejas, inclinados de una manera especial, seguramente por la nieve. Se observan grandes extensiones cultivadas. No se ven animales, ni siquiera perros, ni aùn en las estaciones.
 El tren se detiene, un cartel anuncia Gyèkènyes, pasan chicos con bolsos donde se lee: Billa Ma, me acuerdo del Billa de mi barrio, allà en Vicenza, es una cadena internacional de mercados. Ma quiere decir "Hoy" en hùngaro, allà en Italia dice BillaOggi, estoy aprendiendo una nueva lengua!.
Ya estamos en suelo magyar, toda la gente es rubia, algo me llama la atenciòn, los hombres son muy guapos, altos, de muy buen porte, se parecen mucho entre sì, es màs, parecen clonados. Tantas cosas que habia leìdo, tantas historias conocidas a travès de pelìculas, ahora empezaba a entenderlas, comenzaba a ver gente distinta, a escuchar otros acentos, estaba viviendo una experiencia transcultural ùnica.

Son las 7.30, otro Kontrol! Y van màs de diez desde que salimos de Italia. Es un tren interurbano, se detiene en cada pueblo, y en cada estaciòn suben los inspectores, golpean fuertemente la puerta del compartimiento y vociferan. Passport! Dokument! Espero que no me pidan el pasaje que me retirò, de manera no muy amable, el encargado del tren en Triestre, con algunas palabras en alemàn que no comprendì.
En el compartimiento vecino viaja un grupo de jòvenes italianos, rien, hablan en voz alta, escucharlos me hace bien, si no fuera por esto podrìa creer que este tren me lleva a un campo de concentraciòn.

Poco despuès, se repite el abordaje, Passport!, ahora me revisan la valija minuciosamente, son dos militares que hablan alemàn, al retirarse me saludan , Gracias! Adios! No sòlo entiendo sino que hasta puedo responderles en su lengua, Danke schon!, Auf Wiedersehen!, sonrìen con simpatìa, recuerdo algunos relatos de una tortura que empleaban los rusos con sus prisioneros de guerrra, los despertaban continuamente. con òrdenes y gritos, para no permitirles dormir sin sobresaltos.
Esta vez la muchacha que viaja acostada arriba les muestra su carta de identidad italiana, desde ya que no es una clandestina. Se va normalizando la situaciòn. Seguramente dormir mal y algo de hambre me hacen fantasear.
Busco en mi bolso los sandwiches que me preparè en Italia, como con mucho gusto y bebo agua mineral. Ahora me siento mejor. Trato de dormir, leo y medito. Me entretengo mirando el paisaje por la ventanilla.
A la hora prevista arribamos a Hungrìa.
En la estaciòn de Keleti me esperan Carlos y Eszter. Un hermoso reencuentro. Una linda recepciòn. Comienza un tiempo maravilloso de sorpresas y alegrias. Un mundo nuevo. Gracias, Dios!!

viernes, 11 de noviembre de 2011

Visitando el Chaco argentino

Para llevar adelante mi proyecto de servicio cristiano cursaba las materias que me preparaban para servir al Señor en las misiones transculturales, estudiaba la estrategia adecuada para ganar almas de distintas etnias, con un trasfondo cultural y religioso distinto a aquel en el cual habia crecido y me habia educado. Sentìa lo que consideraba un llamado al mundo musulmàn, a la cultura àrabe.
Como integrante del Area misionera de la iglesia y sirviendo a Cristo en Misiones Mundiales en la ciudad de Còrdoba, pronto formè parte de un equipo misionero, bajo el liderazgo de Jonatan Lewis. Estudiaba Misionologìa y discipulaba a la vez a los jòvenes. Claro que todo era eminentemente teòrico,con miras a salir al campo en un tiempo que veìa cada vez màs lejano.
Me consolaba leyendo la historia del apòstol Pablo, èl se habia preparado durante catorce años antes de emprender sus viajes misioneros.
Entendì que me era necesario primero una pràctica evangelìstica con algùn grupo aborìgen dentro de mi paìs.
Comencè a orar por las distintas etnias que poblaban el territorio argentino, especialmente por los tobas. Estudiè su historia, sus costumbres, tradiciones, su religiòn y su cultura.
Al finalizar el perìodo lectivo, en diciembre de 1988, decidì emprender un viaje al Norte, a la Pcia. del Chaco, donde habìa un importante asentamiento de aborìgenes tobas.
Contaba con la aprobaciòn de los lìderes de la iglesia, del coordinador del equipo misionero de Misiones. Aprovecharìa el viaje para estudiar la aplicaciòn del sistema Lamp para aprendizaje de lenguas vernàculas.
Mi familia me apoyaba, serìan sòlo dos semanas.
Debìa emprender un viaje en tren, largo, extenuante, cruzando la Pcia. de Santa Fe, hasta Resistencia, capital de la pcia. del mismo nombre, desde allì a Pres. Roque Saenz Peña, donde existìa una importante reserva toba.
Para solventar en parte los gastos llevaba un pesado bolso conteniendo biblias y literatura cristiana para la venta, era colportora de Sociedades Bìblicas.
La ofrenda de un hermano en la fe, director del Instituto Biblico Còrdoba y colega, màs algunos ahorros personales me permitirìan cubrir los viàticos, pasajes, etc.
Mi esposo y mis hijos me acompañaron a la estaciòn ferroviaria, ellos estaban tan entusiasmados como yo ante la perspectiva de mi viaje.
Despuès de largas horas lleguè a Resistencia, llevaba la direcciòn de un lìder toba, y una carta de presentaciòn.
Tuve una buena acogida y despuès de descansar unos dias en la casa de la familia aborìgen que me hospedò emprendì la segunda parte del viaje hacia Roque S Peña.
A medida que me alejaba del centro urbano y entraba en la zona reservada a los nativos la situaciòn se complicaba. El calor era insoportable, mas de 30°, los mosquitos y los jejenes, màs algunos insectos propios de la zona, parecìan deleitarse sobremanera con "la sangre dulce de la porteña", como decìan divertidos los chaqueños.
No me resultò fàcil ganarme la confianza de los lugareños, no era comùn que una mujer sola llegara hasta ellos.
Entonces entendì la primera lecciòn, la de los roles. Lo habia estudiado en los manuales misioneros, ahora me enfrentaba con la situaciòn real.
Quièn era yo? A què venìa? Estaba la carta...claro, pero mucho no decìa.
Ahora comprendìa y aplicaba todas las teorìas y todos los consejos. Pero me daba cuenta de que lo màs importante era orar para pedirle a Dios su guìa y muy especialmente su protecciòn.
La familia que me hospedò estaba constituìda por Ambrosio Lòpez, su esposa Rosa y sus cuatro hijos. El era hermano del cacique Eugenio y su representante ya que el jefe toba padecìa una hemiplejìa y estaba postrado, habìa perdido el habla luego de un ataque de paràlisis que lo afectaba desde hacia unos meses, al regreso de un viaje a Estocolmo, como representante de la etnia toba, llevado por misioneros suecos de la iglesia evangèlica europea que sostenìa una misiòn en el Chaco argentino desarrollando una importante labor evangelìstica y de ayuda social.
Cada dia era una aventura, plena de cosas nuevas, algunas agradables, otras no tanto.
El barrio toba quedaba en las afueras de la ciudad, eran viviendas muy sencillas, de material tradicional, pisos de tierra o cemento alisado, techos de chapa, aberturas sin puertas ni ventanas, con instalaciones sanitarias rudimentarias, agua potable provenientes de pozos y extraìda manualmente.
El gobierno habìa reemplazado asì los ranchos de adobe y paja primitivos y para la gente toba aquello era un progreso edilicio apreciable.
La casa estaba rodeada de un terreno amplio, aunque los propietarios no lo cultivaban.
Ambrosio y Rosa eran empleados municipales y sus hijos concurrìan a la escuela primaria, enclavada en medio del barrio, donde se hablaban las dos lenguas, español y toba.
En las cercanìas habitaban tres grupos bien definidos: los tobas, los gringos, y los criollos.
Los primeros eran de raza pura, orgullosos de su ascendencia, gente muy bien constituìda fìsicamente, altos, de piel cobriza. Los gringos eran los europeos, que tenìan actividades comerciales, o cultivaban la tierra, plantaciones de algodòn, frutales y hortalizas, respetados por los aborìgenes eran los que los empleaban para la recolecciòn de sus productos o para las tareas domèsticas.
Los criollos eran mestizos, despreciados por los aborìgenes. Vivìan marginalmente y no estaban integrados ni a los tobas ni a los gringos.
Ambrosio ejercìa su liderazgo como cacique suplente, ello implicaba resolver algunos conflictos del grupo, aconsejar y tomar determinaciones.
Casi todos pertenecìan a una iglesia pentecostal con una membresìa importante.
Tal como habìa estudiado en los manuales de Misiones Mundiales, ellos tenìan las claves secretas de su cultura a las cuales no me era posible llegar en tan poco tiempo, o tal vez nunca.
Puede que me mostraran lo mejor de sus costumbres, de sus actividades o creencias.
Me destinaron una habitaciòn amplia, con muebles muy sencillos, una gran cama con sàbanas blancas, una silla y una mesita.
Cada noche yo escribìa un diario con las experiencias vividas en la jornada; los chicos ,curiosos ,me espiaban desde la abertura que hacia las veces de ventana, cubierta apenas por una cortina de tela.
Mi presencia los divertìa, apenas contenìan las risas y hablaban en voz muy baja, preguntàndose sin duda què hacìa yo y a què habìa venido.
Por la mañana, mientras me desayunaba a la sombra de un frondoso àrbol en el patio, los chicos me rodearon. Yo habìa llevado una caja de leche en polvo y edulcorante en pastillas, màs algunos sobres de tè, de ese modo solucionaba mis meriendas. Le convidè a uno de los niños y aparecieron de todos lados, era como si brotaran de las tierra, pidièndome: a mì hermana...a mì!. Aquello era para ellos una colaciòn màgica. Entonces les indiquè formar fila y pronto se hizo una larga cola, el entusiasmo era muy grande, una fiesta. Alcanzò para todos. Y yo me ganè sus corazones.
Màs tarde, buscando entender el tema de los roles, les preguntè: Quièn dicen ustedes que soy yo?. Unos segundos de duda y luego casi a coro respondieron: una doctora! Algunos muy tìmidamente agregaron: una maestra. Nadie dijo una misionera o una evangelista. Què desilusiòn para mi!
Estaba claro, sin embargo, vestìa ropa blanca, para no atraer los insectos y atenuar el calor, eso lo habìa aprendido leyendo algunos libros sobre el tema antes de partir, preparaba brebajes endulzados quìmicamente. Los chicos estaban muy acertados en su clasificaciòn. Era una doctora, un mèdico.
Decidì hacer algunos ajustes a mi conducta.
Luego descubrì que aquello de convidar con leche a los niños era un error o un papelòn misionero, como dice Luis Palau, casi grave. Ambrosio me explicò que para los tobas la leche es un veneno. Ellos creen que cuando a los chicos se les alimenta con leche desde temprana edad pueden morir. Desde Suecia enviaban grandes cargamentos de leche en polvo en barcos, que ellos se negaban a consumir.
Uno de los problemas de salud màs importantes en la gente toba es justamente la carencia de calcio. Asì se nota que en la edad adulta, ya desde jòvenes, pierden sus dientes, y tienen problemas en su constituciòn òsea, con algunas deformaciones en las piernas y en los pies.
Otra lecciòn para mi, seguir el consejo de Jesùs cuando envìa los setenta misioneros: "No llevèis bolsa, ni alforja...En cualquier ciudad donde entréis, y os reciban, comed lo que os pongan delante" (S.Lucas10:4-8).
Tantas veces me arrepentìr de haber llevado el pesado bolso con biblias para vender y mis alimentos envasados.
El bolso era objeto de curiosidad y sospechas de parte de los lugareños, seguramente pensaban: qué traerà la hermana en ese bolso? Serà una vendedora? Los alimentos envasados tal vez significaban un rechazo a sus comidas.
Decidì desde ese momento abrir el bolso y comenzar a regalar algunas biblias a mis anfitriones, esperar el momento en que ellos desayunaban, compartiendo los mates amargos, acompañados de grandes tortas fritas, olvidàndome de mi dieta hipocalòrica. Ahora sì...era casi una misionera! Me estaba ganando la confianza de mis amigos tobas.

Toda la familia dormìa a la intemperie, sobre colchones sin sàbanas. Una noche me invitaron a descansar en el patio y fue una experiencia hermosa, corrìa un aire fresco, bajo un cielo estrellado y luminoso.
Escribir las cosas que vivì en el barrio toba, las reuniones en la iglesia cristiana, su mùsica, sus canciones, me demandarìa varios capìtulos.
Antes de emprender el viaje habìa leìdo un libro muy interesante escrito por una misionera cristiana, Montes de Oca, "Mi Dios y mis tobas".
Creo que bien merece esta maravillosa gente no sòlo una pàgina en un blog, si no otro libro, al cual yo llamarìa "Un señor llamado Toba".

miércoles, 12 de octubre de 2011

Un arma desconocida

Mis amigos al leer mi blog me felicitan, algunos se entusiasman al descubrir mis dotes de escritora, otros se asombran, tal vez porque piensan que una persona en la tercera ,casi cuarta, edad debería estar descansando, mirando fotos, jugando con los nietos, tejiendo medias o haciendo tortas, pero no operando con una computadora... es demasiado!!


Entonces creo que ha llegado el momento de contarles cómo empezó todo, esto de escribir, de editar. Algo que no se dio de un día para otro, pero que sin embargo debo reconocer fue un poco obra de lo que no sé si llamar casualidad o destino.

 Enero de 1986, nos habíamos trasladado a la ciudad de Córdoba buscando la posibilidad de que mis hijos estudiaran en la universidad.

Logré un traslado como profesora de nivel medio a la Escuela Nacional de Comercio de Alta Gracia. Cada uno eligió la carrera según su vocación, Bellas Artes el mayor, Historia el segundo. Ana terminaría su secundario en el Liceo N° 2. La adaptación al nuevo ambiente no fue fácil. Habíamos dejado en la ciudad natal amigos y parientes. Sin embargo, el natural entusiasmo de los más jóvenes permitía allanar las dificultades.

Un día alguien dejó una invitación para una reunión en la iglesia evangélica del barrio, Cristo Rey. Se proyectaría la película "Los Diez Mandamientos" una megaproducción de Cecil B. DeMille.

Así comenzó mi amistad con el grupo cristiano al cual me integré en poco tiempo.
En otra oportunidad la invitación fue para una serie de conferencias sobre un tema que me atraía desde hacía mucho: las misiones transculturales.

Me inscribí en los talleres eligiendo uno que conduciría un misionero americano, Jonatan Lewis.

Fue un impacto directo a mi alma, esa misma tarde compré los manuales Misión Mundial, los tres tomos. Y esa noche los "devoré". Mi entusiasmo era tremendo, mientras mi marido dormía yo a su lado leía sin poder detenerme hasta que el reloj marcó las tres de la madrugada.

Al día siguiente completé la lectura del primer tomo, a la vez con un lápiz escribía en el margen, observaciones, agregados, referencias. Notaba algunos errores de expresión, seguramente por tratarse de una traducción del inglés, y aún de ortografía. Sustituía vocablos, ampliaba. Así me resultada más fácil estudiar el contenido y responder a los cuestionarios al final de los capítulos.

Cuando asistí a la segunda clase además del manual llevaba un cuaderno para tomar apuntes. A mi lado se ubicó una joven muy simpática, extranjera, Marion. Pronto hicimos amistad y en un momento me preguntó: Qué escribes en los márgenes? Le expliqué que eran correcciones. Se mostró muy interesada, me pidió el libro y leyó mis observaciones. En ese momento yo ignoraba que ella era la esposa del escritor, el lider que conducía el estudio.

Al terminar la reunión Marion y su esposo se acercaron a mí, y él se presentó, era el Dr. Jonatan Lewis, una personalidad en el mundo de las misiones, yo no sabía donde meterme de la vergüenza, pensaba que se sentiría ofendido por mi trabajo. Todo lo contrario, me dijo que estaba preparando una nueva edición de sus libros y buscaba una persona capacitada para la corrección. Me citó a su oficina para el día siguiente a las dos de la tarde, hablaríamos sobre la posibilidad de mi incorporación a su equipo de trabajo.

Esa noche casi no dormí de la emoción, claro que tenía mis seria dudas, nunca había hecho una labor de ese tipo, seguramente se trataría de escribir a máquina, pero yo me sentía muy segura en esa área, escribía velozmente, al tacto, y no tenía faltas de ortografía. El tema de los manuales me interesaba y poseía conocimientos básicos de Teología.

Debí apurarme para llegar en el horario fijado. Regresé al mediodía de la escuela de Alta Gracia, atendí a mi familia para el almuerzo y partí para la oficina de Misiones Mundiales en taxi, sería puntual.

Jonatan me esperaba en su despacho, llegamos a un acuerdo con el horario, cuatro horas por día y la retribución, un sueldo igual al que percibía como profesora. Me explicó en qué consistía mi trabajo como secretaria-editora, leer y corregir todo el material que se producía para los cursos de Misionología, luego me mostró la computadora y me dijo: desde ahora es tuya, agregando: ya puedes empezar.
Sentí que el mundo se me desplomaba encima... qué lástima! Había sido un malentendido. Debí confesarle que yo no sabía operar con computadoras. No importa, me dijo Jon, aprenderás. Debo hacer un curso? No, aprenderás aquí, usándola. Mi entusiasmo habia descendido a menos cero.

Casi por obligación me senté frente a la máquina, pulsé algunas teclas y la sentí como un monstruo enemigo que abría sus grandes fauces para devorarme. Ya me aprestaba a levantarme y despedirme, elegía mentalmente las palabras para no ofenderlo y renunciaba antes de empezar.

En ese momento alguien llamó a la puerta de la oficina, era una amiga de Jon, una misionera, Marta, se hicieron las presentaciones. Ellos se apartaron para hablar de sus asuntos de trabajo y yo quedé allí aterrada frente a la máquina infernal en cuya pantalla aparecían líneas y relámpagos, luces y ondas increíbles. No sabía qué hacer. Cómo se apagaría aquello?

De pronto oí la voz de Marta que le preguntaba a Jonatan: Ella también es una misionera?... Se produjo un silencio de breves segundos que para mí fueron una eternidad y escuché la voz de mi jefe que decía,  muy seguro de sí: "Si, ella también es una misionera".

Esas pocas palabras obraron como un milagro en mi mente, ya la máquina no era infernal, era una computadora, había dejado de ser un arma desconocida. Sería desde ahora una amiga, una herramienta para servir a Dios.

Ese día comenzó una de las etapas más felices de mi vida, un hermoso tiempo de sonrisas, para Jesús.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Tiempos europeos

Creo que lo ideal sería llegar a Europa siendo joven para integrarse rápidamente y tener buenos logros en lo que se refiere al desarrollo personal y profesional.

Sin embargo, puedo decir otra vez "más vale tarde que nunca". Cuando mis hijos me invitaron a compartir con ellos sus vidas en Italia no lo dudé ni un instante, preparé mis valijas, estudié algo la lengua italiana, me despedí de mis amigos y parientes de Argentina y emprendí vuelo con la empresa rusa que en ese momento ofrecía los billetes aéreos a precio más bajo, sin pensar demasiado en riesgos ni peligros.

Las cosas no eran tan fáciles como yo imaginaba y la recepción no fue precisamente con pancartas y globos, mi entusiasmo excedía la realidad, mi ingenuidad en cierta forma me ayudaba a sobrellevar los primeros inconvenientes.

No sabía muy bien en qué rol ubicarme, inmigrante, viajera audaz, trotamundos, como me dijo mi amigo Jon, aventurera, misionera? Tal vez todo a la vez.

De todos modos no había demasiado tiempo para pensar o preocuparse por el rol o la clasificación que me correspondía.

Mi primera ubicación fue un diván en el living de la casa de uno de mis hijos. Comencé a buscar un departamento para instalarme en forma independiente. Una de mis nueras, que ya tenía alguna experiencia en el asunto, un día me habló muy seria, aunque con respeto y dulzura, "No creo que consigas quien te alquile Juana, me dijo, las agencias inmobiliarias exigen recibos de sueldo, referencias y un importe igual a cinco meses de alquiler para firmar un contrato de locación."

No me desanimé, decidí visitar la Biblioteca y consultar allí los avisos clasificados del diario local, Il Giornale di Vicenza. En esa tarea estaba cuando se me acercó Alice, una mujer que había conocido el domingo en la Iglesia, quien me preguntó cordialmente: Usted busca una casa para alquilar? Ante mi respuesta afirmativa, ella agregó: tengo un amigo que busca inquilina para su mini, si quiere la presento hoy mismo.

Pronto concertamos la cita y antes del mediodía estábamos ambas en la casa del propietario. Luego de la presentación nos invitó a conocer el departamento, vecino al suyo. Era de dos ambientes chicos, amueblado y equipado, en un edificio antiguo, en el segundo piso. Carlo me preguntó: Le gusta? y como disculpándose dijo: es un mini... A mí me pareció un palacio! Simple pero acogedor, luminoso, muy bien ubicado, en el barrio Pio X, a pocos metros de la casa de mi hijo Carlos, cerca del centro, donde vivía mi hijo mayor Fernando y no muy lejos de la casa de Anita, la menor.

El contrato se firmaría en pocos días, un apretón de manos cerró el trato, como buenos cristianos, me dijo Carlo mientras me sonreía afable, invitándome a ocuparlo ese mismo día. Esa noche dormí por primera vez en la casa que ahora sería mi domicilio en Vicenza por un largo tiempo.

Un buen comienzo, ya tenía mi lugar, y nuevos amigos.
El segundo paso era conseguir un trabajo para aumentar mis ingresos, entrar en actividad y aprender el idioma.

También eso llegó a través de Maria, a quien conocí en el grupo de la iglesia, ella trabajaba en un geriátrico de la ciudad, el Instituto Salvi y conocía una familia que buscaba una asistente para la madre, una anciana con algún problema ambulatorio, pero sana y lúcida, Miranda, quien sería más adelante mi empleadora y otra amiga muy querida. Habían pasado pocos días, menos de un mes, y ya me hallaba en la casa de la familia que contrató mis servicios como badante, una villetta en la zona suburbana.

El primer día fue para mí una jornada plena de emociones y momentos felices. Miranda me hablaba en lengua veneta y yo le aclaraba: no hablo dialecto. Ella accedió a usar el idioma italiano, no de muy buena gana, y cesó en sus intentos lingüísticos locales.

Durante varios días nos entendíamos en italiano, de mi parte básico, de parte de mi empleadora un poco forzado. Hasta que por fin me dijo, suspirando: "Che fatica parlare tutto il giorno italiano!" (Qué cansancio hablar todo el dia italiano!). Bueno...concedí, puede hablarme en dialecto, trataré de entenderla.

Luego de un tiempo no muy largo ya nos comunicábamos perfectamente y de esa manera, poco a poco, yo aprendía una nueva lengua. Algo que me enriquecía y me permitía ganar nuevos amigos.

Las experiencias, los días compartidos con Miranda y su familia, merecen un capítulo aparte en mi blog. Fue uno de los períodos más felices en el proceso de adaptación e integración. Un tiempo de sonrisas con muy pocas lágrimas.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Una vida con propósito

Cuando comencé mi blog tenía la intención de escribir mi autobiografía, para mí y especialmente para mis descendientes.

Es algo muy natural en el ser humano buscar sus raíces, conocer la historia de su familia, poder diagramar el árbol genealógico, como una manera de afirmarse y valorarse de manera justa y correcta.

En mi caso no me ha resultado difícil recordar mi nacimiento, conocido a través del relato de mis padres, mi infancia y adolescencia, mi juventud, gracias a recuerdos, fotos y testimonios varios. Algo más difícil es dibujar mi árbol, en esto me ayuda mi hijo Carlos, profesor de Historia, amante de investigaciones de ese tipo.

Siempre me dolió no haber conocido a ninguno de mis abuelos, cuando era chica buscaba en cada anciano de mi barrio un abuelo; iba al almacén de la esquina, me ponía cerca de una viejita y me imaginaba que era mi abuela, la había elegido hacía mucho y siempre la buscaba junto al mostrador, mientras esperábamos que el almacenero nos atendiera. Claro que ella nunca se enteró de mi fantasía, era mi secreto, pero yo era feliz por un momento, aunque no lo podía compartir con nadie, se burlarían o me considerarían ridícula.

Siendo adolescente la tía Benita llenó ese espacio vacío, ella era tía y abuela a la vez, para mí y para mi hermana.

De mi abuelo materno sólo tenía algunos datos, ninguna foto. De la abuela Victoria una foto grupal de ella rodeada de sus hijos, tenía cincuenta años, para ese entonces era una anciana respetable, una dama muy seria y formal, sentada junto a las menores, Magdalena y Amalia mi madre, en la fila de atrás los varones, y las mayores, Juana, Victoria, Benita, Josefa, y los demás, diez en total. Todos vestidos con sus mejores galas, prolijamente peinados y arreglados. Corría el 1920 y una foto de familia era un gran acontecimiento social e histórico.

De los abuelos paternos no tengo ni siquiera una foto, sólo el recuerdo de algunas anécdotas de mi padre y una hoja de cuaderno donde él escribió el nombre de su papá ,Estefano Costa y de su mamá, Juana Galeano.

Cuando mi padre viajaba con su camión transportando cítricos por la Mesopotamia argentina, visitó su ciudad natal en Entre Ríos y retiró del Registro Civil copias del acta de defunción de su mamá y su único hermano, Luis. Un verdadero tesoro. Así el árbol paterno es chiquito, con pocas raíces, nada que ver con el recio árbol materno enraizado en Europa, algo que me consuela y levanta mi autoestima, con antepasados vascos y hasta un escudo de familia!

Buscando raíces, hurgando en el viejo baúl de los recuerdos, mirando y comparando fotos amarillentas, preguntando a los más viejos. De mi familia paterna quedamos sólo mi hermana menor y yo, mis otros hermanos, Lola y Luis, murieron antes de los cincuenta. Yo estudio el pasado, trato de recordar, comparto la pasión histórica con mis hijos, en cambio mi hermana tiene una actitud contraria, no le interesa el pasado, quema fotos y cartas, es como si dijera: borrón y cuenta nueva!

A mí me parece mejor conocer lo anterior para construir lo por venir, pensando que tengo una base, un lugar con raíces, tratando de mejorar y lograr buenos frutos.

Cuando tenía poco más de treinta, una amiga me hablaba de Dios y en un momento me dijo: sabes que Dios tiene un plan para tu vida? Aquello me pareció maravilloso, coincidía con mi anhelo de construir y vivir una vida con propósito, una vida como un proyecto, para mí y para mis descendientes.

Ahora la búsqueda era a la vez un camino, un largo camino en el cual no estaba sola, había una meta, tenía un derrotero y una luz que me alumbraba, mi Fe.
Y tantas cosas por hacer, estudios, trabajos, la familia, la profesión, las ambiciones, los triunfos y los fracasos, una larga sucesión de lágrimas y sonrisas.

jueves, 28 de julio de 2011

Dos mundos

Decía en mi nota anterior que salir hace bien y regresar también. Tal vez lo que hace bien es estar un tiempo afuera, lejos del calor del nido, conociendo y viviendo otras experiencias.

Cuando hice mi primer viaje al exterior, a Brasil, entendí porqué mi amigo Jonatán me decía siempre que pasar la frontera me haría bien, me enriquecería, ampliaría mi visión.

Desde hacía un tiempo sentía el llamado a las misiones transculturales, estudiaba el tema, investigaba, intercambiaba ideas con personas que se movían en el campo misionero cristiano. Entonces mi alma se encendía en un fuego, en una pasión por las almas, en el deseo de IR.

IR...adónde? Estaba dispuesta a todo, a dejar mi casa, mi país, mis amigos.
Sin embargo me frenaba la duda, no de mi vocación, si no de la posibilidad de concretar mis sueños. Veía todos los impedimentos, la familia, el hecho de ser mujer, sola en mi visión. Con cargas y compromisos de todo tipo.
Entonces renunciaba a los proyectos antes de concretarlos.

Por fin un día decidí terminar con aquellos sueños disparatados y me hice del suficiente valor para quemar toda la literatura, los apuntes, mis escritos, fotos y recortes sobre misiones. Con decisión hice una pira en el patio de mi casa, en el huerto, lo rocié con querosén y le puse un fósforo.

Mientras veía levantarse las llamas me sentía liberada, ya está, basta! Ahora mejor te dedicas a algo real y verdadero, algo factible, tu familia que te necesita, tu profesión docente, los amigos, los alumnos...y a otra cosa!

Pasaron algunos años. Casi me había olvidado. Pero Alguien no se había olvidado de mis peticiones. Alguien que me amaba y creía en mí, Alguien que me había elegido: mi Dios, mi Señor.

Sucedió todo lo soñado cuando ya no pensaba casi en ello. Mis hijos viajaron al exterior en busca de un porvenir mejor, se establecieron en Europa, me llamaron para compartir sus vidas.
Quienes alguna vez fueron mis "cargas" hoy eran los pioneros, aquellos que parecían atarme a la tierra natal, a las obligaciones, hoy me llevaban consigo, hoy me ayudaban a cumplir mi voto, cuando le dije al Señor: Heme aquí, yo iré!

Una misionera solitaria? Muy lejos estaba de cumplir con el modelo que había estudiado en el curso de Misionología, que hablaba de jóvenes "under 30", sostenidos por una iglesia enviadora o por una agencia misionera reconocida. Ni siquiera hablaba inglés, apenas operaba con una computadora antigua.
Todo eso no era impedimento para mi enviador, para mi Maestro.

En poco tiempo adquirí todo lo que me faltaba, conocimiento de otros idiomas, de medios de comunicación, internet, etc. La base estaba, en mi país había estudiado lo suficiente como para ir ampliando, había tenido buenos maestros y líderes.
Y pronto me vi en una actividad misionera diferente a la proyectada en los manuales, fuera de los modelos tradicionales, pero que yo sentía en mi corazón como la mejor no por su calidad intelectual tal vez, sino por seguir la voluntad de Aquel que me amó lo suficiente para creer en mí, para usarme a favor de su causa, como obrera, como soldado, humildemente. La condición era una sola: ser obediente. Y puse mi alma y mi ser en cumplir con lo que mi Señor me pedía.
Misionera para Cristo. La base estaba dada, las condiciones también. No estaba sola aunque había llegado sola.

Cuando recién entré en el Camino cristiano le pregunté a una amiga que tenía mucho conocimiento en las cosas de Dios, qué es servir al Señor? Y ella me respondió: todo lo que tu hagas por Él es servicio, leer la Biblia, compartir la lectura con tu familia, con tus amigos, orar, reunirte con otros cristianos, obedecerlo.

Ahora estaba lejos de mi tierra, lejos de la iglesia que me ayudó a crecer, del instituto bíblico, de mis maestros, de los pastores, pero no estaba sola, había otros hermanos en la fe que me recibían con amor, que me brindaban su apoyo.

Y entraba en un mundo nuevo, en un campo misionero muy grande. Conocía y trataba con personas de otras culturas, de otras razas, de otras lenguas.
Aprendía a amar a los que eran diferentes, a amarlos tanto como para orar por ellos aunque adoraban otro dios, tenían otras religiones, y a veces ni siquiera habían oído nunca el nombre Jesús, o no les interesaba saber quién era. Ahora tenía que apelar a mi creatividad día a día, para lograr técnicas nuevas de aproximación y de comunicación, tenía que aprender a ser testigo sin hablar, ahora debía ser muchas veces simplemente el quinto evangelio. Y callar para cumplir con la gran comisión, tratando de morir a mí misma para resucitar cada día con Jesús.

No reuniría multitudes, no alcanzaría miles, pero era feliz ganando un amigo, un alma para llevarla a los pies de mi Señor.

Ahora era, por fin, una misionera transcultural! Gracias, Dios!

viernes, 24 de junio de 2011

Una prueba

Han pasado muchos años , màs de treinta, y aún no puedo evitar el sentir cierto temor cuando recuerdo hechos acaecidos en mi vida en el tiempo del gobierno de tiranía militar. Varias veces quise escribir sobre esto pero desistí, me contuvo la idea de que en algun momento pueda volver la persecución, el terror, la injusticia.

En aquel tiempo yo prestaba servicios como docente en la Escuela Nacional de mi ciudad.
Una mañana el director me llamó a su despacho, algo que no era habitual. Una vez frente a él, me extendió una circular y me dijo: "Quiero que lea la nota que recibí hoy."

En la misma se solicitaba a las autoridades escolares presentar una lista del personal del establecimiento que perteneciera a grupos religiosos considerados ilegales por decreto gubernamental, especialmente a los llamados “Testigos de Jehová”.

Firmaban al pie representantes de la Junta Militar. Decìa: Buenos Aires, julio de 1978.

"Yo se -dijo el hombre- que Ud. forma parte de ese grupo, sin embargo no la voy a denunciar, sólo le pido que no comente esto y le agradezco que cante el himno en los actos patrióticos y salude la bandera nacional, cosas que su religión le prohibe, a fin de no comprometerme."

Me retiré en silencio, agradeciéndole su reserva pero firmemente decidida en mi interior a no claudicar ni negar mis principios. Nadie me prohibía nada. Era respetuosa de los valores civiles pero no me consideraba obligada a rendir homenajes ni culto a nadie ni nada que no fuera exclusivamente mi Dios, había un mandato bíblico al respecto: “...No te harás imagen...No te inclinarás a ellas, ni las honrarás...” (Éxodo 20:5).

Poco después se celebraba un día patrio, el director me llamó a su lado presidiendo el grupo de docentes que ocupaba un sitio de honor al frente del alumnado reunido en el patio de la escuela. Tal vez quería comprobar mi acatamiento a las órdenes militares.

Permanecí en actitud de respeto pero sin reverenciar los símbolos patrios. Había pasado la prueba. Nadie me denunció, no me persiguieron. Entretanto llegaban noticias desde Buenos Aires de detenciones de líderes religiosos. Hoy se sabe que muchos de ellos, considerados subversivos, fueron arrojados al Río de la Plata desde aviones militares y forman parte de los “Desaparecidos”, como los llama la prensa internacional.

Mi país cambió, yo también. Ya no formo parte de ningún grupo o secta religiosa. Me afirmé en mi fidelidad a Dios sin prohibiciones ni miedos. Me siento libre, para adorar al Dios que elegí y para respetar a mi patria sin necesidad de reverencias impuestas.

Luego de muchos años me encontré casualmente con el director de la escuela. Nos saludamos con alegría y recordamos viejos tiempos. No hablamos de cosas tristes. Puede que aún el tema de las persecuciones militares para Hugo y para mi, fuera un tema tabù. Recuerdos que hoy forman parte del “Nunca más”.

jueves, 23 de junio de 2011

Desaparecidos

Aùn siento temor, a pesar de los años transcurridos al recordar los momentos vividos, el peligro y la posibilidad de ser una màs del grupo de "los desaparecidos", como suele llamarlos la prensa internacional.
Una mañana, el director de la Escuela Nacional donde prestaba servicios como profesora me llamò a su despacho, cosa que no era comùn. Pensè en algùn problema con los alumnos, aunque notè que el hombre estaba muy serio y preocupado. Entonces estendièndome una nota que habia recibido ese dia me dijo: quiero que se entere del contenido de esta circular. Esta dirigida a la Direcciòn de la escuela y expresaba la orden de responder enviando una lista del personal que perteneciera al grupo religioso Testigos de Jehovà, firmaban al pie autoridades militares. Cuando le devolvì el papel, agregò con tono firme: me consta que Ud. forma parte de ese grupo, sin embargo no voy a denunciarla, sòlo le pido que guarde silencio sobre este asunto y que en los actos patrios salude a la bandera y cante el himno, porque entiendo que su religiòn le prohibe ambas cosas.

Desde hacia un tiempo yo servìa a Dios con los Testigos, conducìa estudios bìblicos y predicaba, visitaba familias y desarrollaba una intensa labor como lider.

El gobierno militar ejercia una fèrrea persecuciòn contra lo que ellos consideraban "subversivos", polìticos o religiosos. Las reuniones eran secretas.

Le devolvì la hoja en silencio. Aunque no se lo dije por respeto aquello no me amedrentaba, interiormente me sentìa firmemente decidida a no cambiar de actitud ya que se fundamentaba en principios muy claros para mì.

Pocos dias despuès se festejaba un dia patrio, el director me llamò a su lado junto al grupo de profesores que presidian la reuniòn en el patio de la escuela. Era indudable que queria comprobar mi acatamiento a la orden superior.
Cuando todos comenzaron a cantar el himno nacional saludando con reverencia los sìmbolos patrios, yo permanecì impasible, con la boca cerrada.

Ha pasado mucho tiempo. Pasaron muchas cosas en el pais,muchos "subversivos"

martes, 7 de junio de 2011

Regresando al Paraíso


Los que viajamos decimos que venir a Europa nos “abre la cabeza”, nos da una visión renovada de todo, de las cosas que nos rodean, de los otros y de nosotros.
Puedo ampliar el concepto. Venir nos cambia, regresar también. Tal vez por eso dicen que “Partir es morir un poco”. Es muerte y es vida. Es crecer y evolucionar, hace bien.

La lejanía envuelve los recuerdos en una neblina de olvido y de idealización. Aquello, el país, los amigos, los parientes, pasa a ser perfecto, único. Como dice un tango de Gardel: “...Volver, con el alma aferrada a un dulce recuerdo...” con el anhelo de regresar a la infancia perdida, la casa paterna, los juegos y los romances juveniles. La realidad queda de este lado del océano, con sus problemas y preocupaciones, con las situaciones personales o circunstanciales a veces penosas o difíciles de sobrellevar, casi siempre sin solucionar.

Yo diría que partir es huir un poco, buscando en otra parte la felicidad, la paz interior, el Paraíso recuperado. Y qué mejor lugar que volver al punto de partida? A una situación casi embrionaria, por el camino de las miguitas que se dejaron esparcidas marcando el sendero, como un personaje de los cuentos infantiles, aquel que se perdía en el bosque, creo que era Pulgarcito.

Llegué a mi ciudad natal en octubre del 2010, regresé a mi casa en Italia en marzo del 2011. Cinco meses en el Paraíso? Bueno... no tanto, digamos en mi país de origen. Luego de un viaje de más de veinticuatro horas, pasando por Chile, llegué a Ezeiza en las primeras horas del día y esperé que saliera el sol para tomar el bus que me llevaría a Colón. Cinco horas más cruzando Buenos Aires hacia el norte.

El paisaje era muy diferente al europeo. Ahora todo era amplio, grande, el horizonte se veía siempre ante mis ojos como una línea casi pura, podía contar las nubes, o entretenerme con las siluetas que formaban: una señora tomando sol, un angelito regordete, una carroza tirada por dos caballos alados. Otra opción era mirar las figuras reales, niños corriendo o jugando, perros sueltos de todos los colores y tamaños, un viejo carro cargado con cartones conducido por un robusto percherón o los puestos callejeros que preparaban choripanes o grandes hotdog, que se vendían por pocos centavos, una multidud de vendedores ambulantes, de helados, sánguches y gaseosas, todo más o menos casero, sin etiquetas y por supuesto sin fecha de vencimiento o indicación de los ingredientes, cosa impensable en Europa. Interiormente me prometía no comprar ni consumir aquello que consideraba comida chatarra, contaminada y engordante. Luego de dos o tres horas de viaje y después de haber rechazado los ofrecimientos de los muchachos que subían en cada parada del bus, acuciada por el hambre y la sed, claudiqué y adquirí un sánguche de jamón y queso y una latita de gaseosa light, devoré todo con gusto. Estaban exquisitos!! Parecían frescos, recién hechos, el vendedor no usaba pinzas ni guantes, pero los alimentos venían en bolsitas y el joven que me los alcanzó era muy simpático. Estaba otra vez en el Paraíso argentino. “Welcome to Buenos Aires”.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Destino o Determinación?

Algunos dicen que hay una predestinación, un destino ya marcado desde que nacemos. Yo creo que en mi vida hubo una determinación, una lucha que comenzó desde el vientre de mi madre y mis primeras horas de vida luego de un nacimiento prematuro. Seguramente esa pelea por sobrevivir me fortaleció para las pruebas que vendrían luego, física y espiritualmente. La debilidad inicial me dio una visión anticipada del valor de la vida. Luego el amor de mis padres, el sostén familiar y las circunstancias favorables de una niñez feliz hicieron el resto. Algo para agradecer a mi Creador.

Esto es lo positivo de escribir la propia historia luego de muchos años de vida, el poder mirar hacia atrás y juzgar los hechos con objetividad, conociendo ya los resultados, los fracasos, los éxitos y las diferentes vivencias.

Escribir sobre el presente es positivo pero a veces las pasiones, los miedos o las incertidumbres nos impiden ver con claridad no sólo el futuro, que de todos modos nadie conoce, sino nuestras propias intenciones y la sinceridad de los sentimientos o la capacidad de luchar por los objetivos propuestos.

Tenía tan sólo veinte años y ya estaba ocupando una cátedra en la escuela secundaria de mi ciudad natal. Casi como por casualidad. Ahora me correspondía tomar una decisión importante: decidir mi vocación y encausarla a una madurez total. El inicio parecía fácil, debía afianzarme y avanzar. Tenía varios elementos a favor: mi juventud, mis deseos de progresar, conocimientos y el apoyo de las autoridades escolares que me necesitaban y confiaban en mí. Y algunas cosas en contra: mi juventud y la inexperiencia en ese tipo de trabajo.

Todo comenzó bien, recuerdo la mirada de admiración de los alumnos, los varones con pantalones cortos, en ese tiempo se ponían los "largos" o "leones" como se les decía, a los catorce. Las chicas con sus trenzas y sus caritas aún infantiles, ansiosas de aprender. Pacientemente les enseñaba a empezar de cero, haciendo palotes otra vez, como en primer grado, pero ahora con pluma Perry 341, usando tinta fluída azul, con inclinación de 45°, cuidadosamente, dibujando cada rasgo. Primero finos, luego gruesos, más adelante con elipses y curvas, las vocales, las consonantes de un cuerpo, luego las de dos y finalmente las de tres renglones, las mayúsculas con curvas y perfiles... aquello era apasionante! Para mí y para ellos.

Me resultaba fácil mantener la disciplina, el director de la escuela, don Hugo Jordán, me aconsejaba y me decía: "el alumno respeta a su profesor cuando se da cuenta de que aquel sabe lo que enseña" En eso yo tenía el éxito asegurado, mi profesora del Comercial 6, la señora Brunet de Salmun, me habia enseñado el arte de la Caligrafía con idoneidad y disciplina.

Cuántas veces lloré ante su rigor, cuando debíamos llenar de cinco a diez carillas con la práctica de rasgos básicos y letras, bajo el título "Ejercicio hecho en casa", rompiendo hojas y rehaciéndolas hasta lograr la perfección que ella clasificaba con un V° B°, visto bueno, que era todo un premio a la constancia. Lejos quedaban los "Felicitado" o "Excelente" de la maestra de la escuela primaria. Ahora el estímulo era un simple siete en la libreta, y... Gracias!

En mi experiencia docente decidí ser tan exigente como mi profesora pero usar más amabilidad y cariño para con los alumnos. Sin embargo, más adelante aprendí que muchas veces era necesario aplicar medidas disciplinarias para tener mejores resultados.

Una vez por semana les daba los primeros elementos de Dibujo artístico, con lápiz o con carbonilla, en papel canson, con modelos de yeso al principio o usando como modelo a uno de ellos, algo que los entusiasmaba muchísimo.

Antes de finalizar el primer ciclo lectivo me llamaron de Dirección para ofrecerme otra cátedra: Contabilidad. En un primer momento la rechazé, no creía estar preparada para ejercer como profesora de Economía, otra vez la promesa de parte del director de reemplazarme a la brevedad por alguien con más experiencia me convenció.

El grupo de alumnos era el mismo, primer año primera división, 1° 1a., ya nos conocíamos.

Aún conservaba las carpetas de ejercicios prácticos de mis tiempos de estudiante en la escuela porteña, usaría los mismos libros de textos, Contabilidad y Práctica Contable de Pino y Piccoli y... adelante Juanita!!

Como el petirrojo, que no está capacitado para volar, pero como él no lo sabe... vuela!