Decía yo en mi página Misiones, que luego de muchos años agradecía a mi madre no habernos autorizado el entrar como novicias en un convento a mi hermana y a mí cuando adolescentes. Claro que no hubiera sido fácil contradecirla, pero tampoco sería fácil vivir buscando la respuesta a tantas dudas existenciales. Había en mí un deseo de conocer el propósito de mi vida, de la existencia, del mundo, de las distintas vivencias y experiencias que debía afrontar. Deseaba y necesitaba una guía; tal vez el entrar en una comunidad católica no fuera suficiente, en esto coincido con el pensamiento de mi madre y creo que ella tuvo la mejor intención en su corazón. Lo triste fue que mi alma quedaba a la deriva en un mar de dudas y sobresaltos.
Pasada la euforia de la adolescencia, con mil motivos y urgencias que me hicieron olvidar un poco de la búsqueda, llegó la juventud con sus pasiones y arrebatos. Otro tiempo de prórroga, de vivencias que apaciguaban el fuego interior. Estudio, entretenimientos, romances, amistades, penas y alegrías... y la vida reclamando la satisfacción de distintas necesidades. Pero la necesidad de conocer a mi Creador se hacía cada vez más imperiosa.
Llegando casi a la madurez, luego de los veintincinco años, viví un período de frenética búsqueda de respuestas espirituales; mi madre y mi hermana me acompañaban, las tres recorríamos la zona visitando a cuanto curandero, brujo o adivino nos recomendaban. A veces integrábamos algun grupo de turismo religioso, a la tumba de Pancho Sierra, de la Madre María o de algún otro santón, bebíamos aguas de pozos supuestamente santificados o prendíamos velas de colores siguiendo el consejo del curandero del barrio, don Alberto.
Un manosanta de Pergamino se llevaba los laureles; era un italiano muy prestigioso en el ambiente de los chamanes, don José. Ante cualquier dolencia, malestar o duda, corríamos a consultarlo. Llevábamos fotos de alguien que no nos acompañaba pero tenía problemas, novio o marido; luego de esperar en la sala de la casa, junto a muchas personas llegadas desde distintos lugares, algunos desde muy lejos, el anciano nos atendía con simpatía y amabilidad, nos escuchaba atentamente, nos aconsejaba según su experiencia, que era muy amplia; miraba las fotos, acariciaba dulce y respetuosamente nuestras manos, mientras murmuraba alguna plegaria. Nos despedía entregàndonos un papel con el nombre de un té de hierbas, por lo general N°5 para los nervios, o N°8 digestiva. Mi madre dejaba algunas monedas en una bandejita que estaba sobre la mesa y nos íbamos felices, curadas y con la esperanza de que don José intercediera ante Dios por nuestros problemas. Algunos dolores se iban, algunas cosas mejoraban, pero la duda metafísica quedaba sin respuesta y la búsqueda seguía.
lunes, 29 de marzo de 2010
sábado, 20 de marzo de 2010
Parque de diversiones
Mi niñez en Buenos Aires permanece en mi memoria, llena de recuerdos felices, de fines de semana disfrutando de salidas con mis padres y hermanos. Pasear por el Parque Japonés significaba, para mis siete años, entrar en un mundo maravilloso. Algunos juegos eran riesgosos, mis padres no nos permitían subir a la Montaña rusa, o a las Tazas voladoras, nos quedábamos por las inmediaciones viendo como giraba la gigantesca rueda de la Vuelta al mundo. Podíamos entrar en la gruta misteriosa del Tren fantasma, yo con mi padre, mi hermana con mamá, en dos cochecitos abiertos; aún me parece sentir las cosquillas en mi cara de las falsas telas de arañas que nos esperaban en alguna vuelta, o el terror de chocar con un esqueleto colgado de un gancho, la sorpresa de un espejo que nos hacia pensar en un choque de frente con otro vehículo, que era por supuesto el nuestro; antes que nos repusiéramos del susto el carro hacía un giro brusco y nos metía nuevamente en un pasillo oscuro; se oían gritos y risas... y se abría un viejo baúl del cual surgía una bruja, la diversión llegaba a su fin y suspirábamos felices al salir otra vez a la luz. Nos atraía el juego de los autitos chocadores, o el mirarnos en los espejos mágicos que distorsionaban nuestras imágenes. A mi padre le gustaba visitar el lugar donde se exhibía "La mujer más gorda del Mundo"; hacíamos cola para entrar mientras se escuchaba al anunciador que con un megáfono decía: ¡Entre... pase... vea! ¡La mujer más gorda del mundo!
Mamá se quedaba afuera, no quería pasar, consideraba una crueldad divertirse con lo que ella llamaba "la desgracia de otro" y se enojaba un poco con mi padre, pero él le respondía: Lidya es una amiga, se alegra cuando me ve, le gusta conversar conmigo. Y así era, nos deteníamos un poco al lado de la mujer, que saludaba a mi padre desde lejos y sonreía al vernos entrar, luego le contaba algo de su familia, de sus hijos; era gordísima, pesaría más de ciento cincuenta kilos, pero tenía una linda carita y era muy joven. Algunos se burlaban de ella cruelmente otros la observaban con morbosa curiosidad.
Mamá prefería la cotorrita de la suerte, o el mono organillero. A la distancia entiendo que aquel lugar era una mezcla de alegrías, diversiones, terror y horrores. La aventura terminaba junto al vendedor de manzanas acarameladas, o de la pequeña locomotora negra y roja donde vendían los cucuruchos con maníes calientes.
Muchos años después volví a aquel lugar; ahora se llamaba Italpark, iba con mis hijos, a ellos les parecía un lugar encantado, querían regresar cada sábado. Para mí nada era como en aquel viejo Parque Japonés, sin tanta técnica, más cruel, más ingenuo, quizás más peligroso, pero mágico. Todo había cambiado, ya no estaba Lidya. Yo pasaba presurosa sin mirar las manzanas acarameladas, tenían muchas calorías; los maníes me sabían amargos y aceitosos, ya no creía que los papelitos que sacaba la cotorrita fueran oráculos ciertos. Mis hijos corrían felices, reían y disfrutaban de los juegos, al verlos volvía a mi un poco de aquella magia. Era nuevamente como una niña, compartiendo con ellos y con mi esposo una tarde diferente.
Mamá se quedaba afuera, no quería pasar, consideraba una crueldad divertirse con lo que ella llamaba "la desgracia de otro" y se enojaba un poco con mi padre, pero él le respondía: Lidya es una amiga, se alegra cuando me ve, le gusta conversar conmigo. Y así era, nos deteníamos un poco al lado de la mujer, que saludaba a mi padre desde lejos y sonreía al vernos entrar, luego le contaba algo de su familia, de sus hijos; era gordísima, pesaría más de ciento cincuenta kilos, pero tenía una linda carita y era muy joven. Algunos se burlaban de ella cruelmente otros la observaban con morbosa curiosidad.
Mamá prefería la cotorrita de la suerte, o el mono organillero. A la distancia entiendo que aquel lugar era una mezcla de alegrías, diversiones, terror y horrores. La aventura terminaba junto al vendedor de manzanas acarameladas, o de la pequeña locomotora negra y roja donde vendían los cucuruchos con maníes calientes.
Muchos años después volví a aquel lugar; ahora se llamaba Italpark, iba con mis hijos, a ellos les parecía un lugar encantado, querían regresar cada sábado. Para mí nada era como en aquel viejo Parque Japonés, sin tanta técnica, más cruel, más ingenuo, quizás más peligroso, pero mágico. Todo había cambiado, ya no estaba Lidya. Yo pasaba presurosa sin mirar las manzanas acarameladas, tenían muchas calorías; los maníes me sabían amargos y aceitosos, ya no creía que los papelitos que sacaba la cotorrita fueran oráculos ciertos. Mis hijos corrían felices, reían y disfrutaban de los juegos, al verlos volvía a mi un poco de aquella magia. Era nuevamente como una niña, compartiendo con ellos y con mi esposo una tarde diferente.
viernes, 12 de marzo de 2010
Sábados de cine
Los trámites para conseguir el permiso para ir a la matiné del cine del barrio empezaban temprano, había que conocer el programa, las películas que se daban ese día, si eran permitidas para todo público, el horario, el precio de las entradas, quienes nos acompañarían; primero lo hablábamos con mamà, ella consideraba sobre todo si los vestidos y el calzado estaban en condiciones, si tenía dinero suficiente o había que pedirle a papá, luego venía la parte más difícil: hablar con mi padre, además de interesarse por el programa, consideraba si las notas en los cuadernos habían sido buenas, si nos habíamos portado bien en casa; el tercer paso era una consulta entre ellos, esperar ansiosamente la respuesta y... saltar de alegría si era sí, insistir un poco si era no, aunque el resultado de las gestiones nunca variaba, si era sí, sí y si era no, no, inamovible.
Había dos cines: el Carlos Gardel en la calle Bolívar, de precios más accesibles, veinte centavos los jueves, día de damas y los martes, dia español y el Cecil en la calle Defensa, el de las funciones de matiné, los sábados, un poco más caro. Muchas veces nos acompañaba mi padre. Ocasionalmente íbamos los cuatro, cuando se trataba de estrenos con Hugo del Carril, Zully Moreno o Niní Marshall; mis padres eran admiradores de Lolita Torres, eran películas con historias románticas, canciones y bailes; por contrato el padre de Lolita, en ese entonces adolescente, no permitía que su hija se besara con los galanes en ninguna escena, igualmente ella convocaba gran público con su fresca belleza y su voz maravillosa. Recuerdo los grandes éxitos cinematográficos de entonces: Su mejor alumno (vida de Sarmiento), Pampa bárbara, y los artistas famosos: Carlos Cores, Enrique Muiño, Angel Magaña, Pedro Quartucci, Laura Hidalgo, Ricardo Passano y tantos otros.
Se exhibían dos o tres películas por tarde con un intervalo, entonces se encendían las luces, un pesado cortinado cubría la pantalla y pasaba el caramelero, con su bandeja colgada al cuello plena de golosinas y chocolates. La felicidad ese día pasaba por la sala del Gran Cine Cecil y se sentaba a nuestro lado compartiendo chocolatines y caramelos de leche Mu-Mu; el lunes tendríamos mucho para contarle a los compañeros de la escuela. Claro que no sería cosa de todas las semanas. Pero había sido un sábado perfecto.
Había dos cines: el Carlos Gardel en la calle Bolívar, de precios más accesibles, veinte centavos los jueves, día de damas y los martes, dia español y el Cecil en la calle Defensa, el de las funciones de matiné, los sábados, un poco más caro. Muchas veces nos acompañaba mi padre. Ocasionalmente íbamos los cuatro, cuando se trataba de estrenos con Hugo del Carril, Zully Moreno o Niní Marshall; mis padres eran admiradores de Lolita Torres, eran películas con historias románticas, canciones y bailes; por contrato el padre de Lolita, en ese entonces adolescente, no permitía que su hija se besara con los galanes en ninguna escena, igualmente ella convocaba gran público con su fresca belleza y su voz maravillosa. Recuerdo los grandes éxitos cinematográficos de entonces: Su mejor alumno (vida de Sarmiento), Pampa bárbara, y los artistas famosos: Carlos Cores, Enrique Muiño, Angel Magaña, Pedro Quartucci, Laura Hidalgo, Ricardo Passano y tantos otros.
Se exhibían dos o tres películas por tarde con un intervalo, entonces se encendían las luces, un pesado cortinado cubría la pantalla y pasaba el caramelero, con su bandeja colgada al cuello plena de golosinas y chocolates. La felicidad ese día pasaba por la sala del Gran Cine Cecil y se sentaba a nuestro lado compartiendo chocolatines y caramelos de leche Mu-Mu; el lunes tendríamos mucho para contarle a los compañeros de la escuela. Claro que no sería cosa de todas las semanas. Pero había sido un sábado perfecto.
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martes, 9 de marzo de 2010
Cayó Berlin!
Los adultos hablaban de guerras, de política, los niños jugábamos desaprensivamente sin entender nada de aquellas historias y comentarios de sobremesa. Un recuerdo permanece en mi memoria. Tendría siete años; vivíamos en Buenos Aires. Era temprano y mis padres salieron a la calle para participar de la fiesta que celebraba el fin de la segunda guerra mundial. El informativo radial, seguramente el Reporter Esso, había dado la noticia que todo el mundo esperaba desde hacía seis años. La gente del barrio corría hacia la Plaza de Mayo, distante a pocas cuadras de mi casa. Mi padre me llevaba sobre sus hombros, mi madre iba algo rezagada con mi hermanita. Todos gritaban "Cayó Berlín!", reían y cantaban, saltaban, bailaban. Se oía la sirena del diario La Prensa, como siempre que pasaba algo importante. Yo pensaba: ¿cómo pueden alegrarse de la caída de un hombre? y me imaginaba un anciano robusto, alto, rubio y pelado, no sé porqué, el señor Berlín. Al regresar a casa pregunté a mis padres, no recuerdo la explicación que me dieron. Pasó mucho tiempo hasta que comprendí que Berlín era una ciudad y su caída era el fin de un conflicto bélico.
domingo, 7 de marzo de 2010
Paseos con mi padre
Salir de paseo con mi padre era algo muy especial. Los domingos, desde muy temprano nos preparábamos con mi hermana para pasarla a lo grande, el programa era: visita a un barco anclado en Puerto Nuevo, en los astilleros. Recorríamos las instalaciones, saludábamos a la tripulación, a los colegas de mi padre. Saboreábamos postres o helados en la cocina, bajábamos a la sala de máquinas. Luego nos mostraba los trabajos de carpintería que él hacía, en los camarotes, en el comedor, muebles, escaleras, etc. Pasábamos de un buque a otro. Me enorgullecía comprobar que mi padre tenía tantos amigos y era respetado por todos. Nos hacían algunos regalos, chocolate amargo, monedas de distintos países para nuestra colección, regresábamos al mediodía y mamá no se cansaba de escuchar el relato de nuestro paseo.
Algunos domingos eran distintos, a las diez estábamos en el Parque Lezama, escuchando los coros y las prédicas de un grupo religioso donde papá tenía amigos, del Ejército de Salvación. Después íbamos los tres al Museo Histórico. Mi padre era admirador del Gral. Urquiza, y se paraba extasiado frente a los cuadros con la figura del prócer entrerriano. A nosotras nos atraían los cañones de bronce instalados en el parque. Eran domingos de salidas serias, de estudio casi, no tan divertidas como las que hacíamos con mi madre, al Parque Japonés, al Zoológico o a la Costanera Sur, con las tías y los primos. Todo menos quedarnos encerrados en el departamento.
El lunes, en los recreos de la escuela, teníamos mucho para contarle a los otros chicos; ellos hablaban de la visita a la casa de los abuelos, algo que me hubiera gustado tanto, pero lo nuestro tenía mucho de aventura y hasta podía ser el tema de la composición diaria, con algún dibujo de un barco, que seguramente la señorita iba a corregir con rojo con un gran "Felicitado!" o "Muy Bien 10", como para mostrarle a los padrinos o a los amigos de mis padres. Enseñar los cuadernos era una parte muy importante de la atención a las visitas, los martes de la tía Benita, los miércoles de tía Juana, y podía significar algún premio.
Algunos domingos eran distintos, a las diez estábamos en el Parque Lezama, escuchando los coros y las prédicas de un grupo religioso donde papá tenía amigos, del Ejército de Salvación. Después íbamos los tres al Museo Histórico. Mi padre era admirador del Gral. Urquiza, y se paraba extasiado frente a los cuadros con la figura del prócer entrerriano. A nosotras nos atraían los cañones de bronce instalados en el parque. Eran domingos de salidas serias, de estudio casi, no tan divertidas como las que hacíamos con mi madre, al Parque Japonés, al Zoológico o a la Costanera Sur, con las tías y los primos. Todo menos quedarnos encerrados en el departamento.
El lunes, en los recreos de la escuela, teníamos mucho para contarle a los otros chicos; ellos hablaban de la visita a la casa de los abuelos, algo que me hubiera gustado tanto, pero lo nuestro tenía mucho de aventura y hasta podía ser el tema de la composición diaria, con algún dibujo de un barco, que seguramente la señorita iba a corregir con rojo con un gran "Felicitado!" o "Muy Bien 10", como para mostrarle a los padrinos o a los amigos de mis padres. Enseñar los cuadernos era una parte muy importante de la atención a las visitas, los martes de la tía Benita, los miércoles de tía Juana, y podía significar algún premio.
miércoles, 3 de marzo de 2010
Viajando a Mataderos
Los domingos eran días muy especiales, de visitas a la tía Benita. Los preparativos comenzaban desde muy temprano, mi madre nos ponía dos vestidos encimados por si nos ensuciábamos en el camino, había que llegar impecables. No era fácil soportar la sección peinados; vuelve a mí el recuerdo del olor y el calor del pecho de mi madre cuando debía apoyar allí mi cabeza mientras ella pasaba con gesto enérgico el peine alisando una y otra vez mi larga cabellera, después armaba las trenzas, gruesas, largas, tanto como para formar una corona, sujeta con una cinta blanca. Seguía con mi hermana que tenía un cabello fino color claro, a ella le hacía dos trencitas con dos grandes moños. Los vestidos de ambas eran del mismo modelo en color claro, en seda u organza, muy bonitos, confeccionados en casa; los zapatos blancos, modelo Guillermina, con un botón pequeño al costado. Completaba el arreglo una carterita redonda, tejida al crochet por mamá o por la tía Juana y zoquetes blancos. Esto en verano, en invierno usábamos polleras tableadas en tela escocesa y saquitos de lana, o abrigos de paño. Mi madre era muy habilidosa para realizar prendas usando moldes que vendían en la tiendita de la calle Defensa, cosidas con la máquina a pedal, bobina a lanzadera, marca New Home, heredada de la abuela Victoria.
A veces venía mi padre; vestía traje con chaleco color gris claro, camisa blanca con cuello y puños duros, almidonados por el tintorero japonés de la calle Venezuela, botones dorados de quita y pon para el cuello y gemelos de oro en los puños, corbata de seda. Los zapatos, marca Los Ases, de cabritilla negra, hechos a medida por los artesanos del barrio, dos hermanos italianos de la calle México. Finalmente el sombrero de fieltro, gris. Mi padre era muy elegante, delgado y buen mozo, a mí me parecía muy alto, aunque no pasaba el metro ochenta. La ceremonia del afeitado con navaja, en casa todos los días y los sábados en la peluquería del barrio merece un capítulo aparte, lo mismo que el lustrado del calzado, en un salón de la vuelta.
Mi madre armaba su peinado con la ayuda de pequeños postizos, las bananas, sujetos con invisibles, para aumentar el volumen. Ese día se maquillaba: polvos en la cara, marca Rachel, color natural, colorete en las mejillas y pintura de labios, aún no le decían rouge. Era muy hermosa y tenía cutis de porcelana, como se decía entonces. Se pintaba las uñas y se ponía los aros y anillos de oro, regalos de mi papá, el vestido de seda, las sandalias blancas con taco chino, unas gotas de perfume y...por fin! salíamos rumbo a Mataderos.
En la calle Chile tomábamos el tranvía 48, el viaje era de una hora. Mi hermana y yo nos divertíamos contando los autos por colores, ella negro, yo gris, y al llegar ganaba la que había visto más coches del color elegido. A veces el entusiasmo nos hacía dar gritos de alegría y mamá controlaba que no nos excediéramos en las risas para no molestar a los otros pasajeros. La excursión era capitaneada por mi padre, él hacia las señas para que el tranvía se detuviera, pagaba los boletos al guarda y nos ubicaba en los lustrosos asientos; luego tiraba de una cuerdita para avisar al motorman, el conductor, cuando debíamos bajar en Alberdi al 5200, desde allí a la calle Zelada había pocas cuadras. Los tíos nos esperaban, mantel blanco, vajilla especial, el menú de los domingos: risotto a la genovesa, tío Jorge era de Génova, luego pollo con salsa; de postre queso mantecoso y dulce de batata con guindas, vino y café para los grandes. La sobremesa se prolongaba hasta la media tarde, nos divertía escuchar las conversaciones de los mayores; cuando estaban presentes papá o el tío podíamos hacerlo libremente, sin intervenir por supuesto, la orden era "cuando los grandes hablan los chicos se callan", los temas: política y deportes. Si eran temas femeninos entre mamá y tía Benita la cosa cambiaba, con dulzura y firmeza nos decían: "chicas, por qué no van un ratito a la vereda a jugar?" Salíamos corriendo. En seguida se hacía un lindo grupo, para jugar a la escondida, a la mancha agachada, al don pirulero, al pisa-pisuelo, o para saltar a la cuerda. A la tardecita regresábamos, extenuados y felices. Mi hermana y yo dormíamos apoyando la cabeza en el regazo de mamá. Un poco antes de llegar nos despertaban. Había terminado la aventura. Ahora debíamos esperar una semana o tal vez dos, para repetir el viaje. Valía la pena!
A veces venía mi padre; vestía traje con chaleco color gris claro, camisa blanca con cuello y puños duros, almidonados por el tintorero japonés de la calle Venezuela, botones dorados de quita y pon para el cuello y gemelos de oro en los puños, corbata de seda. Los zapatos, marca Los Ases, de cabritilla negra, hechos a medida por los artesanos del barrio, dos hermanos italianos de la calle México. Finalmente el sombrero de fieltro, gris. Mi padre era muy elegante, delgado y buen mozo, a mí me parecía muy alto, aunque no pasaba el metro ochenta. La ceremonia del afeitado con navaja, en casa todos los días y los sábados en la peluquería del barrio merece un capítulo aparte, lo mismo que el lustrado del calzado, en un salón de la vuelta.
Mi madre armaba su peinado con la ayuda de pequeños postizos, las bananas, sujetos con invisibles, para aumentar el volumen. Ese día se maquillaba: polvos en la cara, marca Rachel, color natural, colorete en las mejillas y pintura de labios, aún no le decían rouge. Era muy hermosa y tenía cutis de porcelana, como se decía entonces. Se pintaba las uñas y se ponía los aros y anillos de oro, regalos de mi papá, el vestido de seda, las sandalias blancas con taco chino, unas gotas de perfume y...por fin! salíamos rumbo a Mataderos.
En la calle Chile tomábamos el tranvía 48, el viaje era de una hora. Mi hermana y yo nos divertíamos contando los autos por colores, ella negro, yo gris, y al llegar ganaba la que había visto más coches del color elegido. A veces el entusiasmo nos hacía dar gritos de alegría y mamá controlaba que no nos excediéramos en las risas para no molestar a los otros pasajeros. La excursión era capitaneada por mi padre, él hacia las señas para que el tranvía se detuviera, pagaba los boletos al guarda y nos ubicaba en los lustrosos asientos; luego tiraba de una cuerdita para avisar al motorman, el conductor, cuando debíamos bajar en Alberdi al 5200, desde allí a la calle Zelada había pocas cuadras. Los tíos nos esperaban, mantel blanco, vajilla especial, el menú de los domingos: risotto a la genovesa, tío Jorge era de Génova, luego pollo con salsa; de postre queso mantecoso y dulce de batata con guindas, vino y café para los grandes. La sobremesa se prolongaba hasta la media tarde, nos divertía escuchar las conversaciones de los mayores; cuando estaban presentes papá o el tío podíamos hacerlo libremente, sin intervenir por supuesto, la orden era "cuando los grandes hablan los chicos se callan", los temas: política y deportes. Si eran temas femeninos entre mamá y tía Benita la cosa cambiaba, con dulzura y firmeza nos decían: "chicas, por qué no van un ratito a la vereda a jugar?" Salíamos corriendo. En seguida se hacía un lindo grupo, para jugar a la escondida, a la mancha agachada, al don pirulero, al pisa-pisuelo, o para saltar a la cuerda. A la tardecita regresábamos, extenuados y felices. Mi hermana y yo dormíamos apoyando la cabeza en el regazo de mamá. Un poco antes de llegar nos despertaban. Había terminado la aventura. Ahora debíamos esperar una semana o tal vez dos, para repetir el viaje. Valía la pena!
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sábado, 27 de febrero de 2010
viernes, 26 de febrero de 2010
Una lección inolvidable
A veces la memoria se abre como un calidoscopio en múltiples imágenes, figuras, y colores; basta con un suave movimiento que la sacuda.
Escribí sobre una visita al barrio de mi niñez luego de muchos años de ausencia, el reencuentro con amigos y vecinos. Un fiel seguidor de mi blog, mi hijo Carlos, agregó un comentario como testigo de aquella circunstancia y se abrió el calidoscopio. Entonces los recuerdos se desgranaron como perlas.Los negocios del barrio: hacia la calle México, pegada a mi casa, la librería de Carlos Cotello; un poco más allá el bar de Manolo, luego el almacén, el distribuidor de galletitas, la lechería La Martona, hacia la calle Venezuela estaban la verdulería de los italianos, la boutique de Madame, una distinguida dama francesa que vendía sombreros para señoras, y a la vuelta la panadería de don Juan. De cada negocio tengo alguna anécdota. Mamà no nos dejaba salir solas, siempre en dúo con mi hermanita Lola.
Carlos me comenta que cuando él me acompañó visitamos la verdulería de la cuadra; el antiguo propietario había muerto y ahora estaba el hijo. Yo recordaba cuando íbamos a veces con mi madre y mi hermana a comprar fruta, o vino Crespi blanco dulce, sólo si teníamos invitados especiales para el almuerzo; ella evitaba esas compras de último momento, prefería los puestos del Mercado San Telmo en la calle Estados Unidos, decía que los vecinos eran “careros”.
En una oportunidad fuimos las tres. Mamà adquirió algo para preparar una ensalada, o papas. Fruta no, estaba muy cara; al llegar a casa observó que Lola tenía en sus manos un hermoso durazno; luego de intentos inútiles para explicar la posesión del mismo no tuvo otra opción que confesar: lo había sustraído! Seguramente no pudo vencer la tentación cuando pasó junto al cajón que exhibía el fruto dorado y perfumado. Después de una reprimenda, sin esperar ni un minuto más, mi madre dijo con voz imperativa: “Ahora va y le devuelve el durazno al verdulero y le pide disculpas”, cuando aplicaba disciplina nos trataba de usted, “Y vos Chola –era mi sobrenombre familiar– la acompañas”. Cuesta poco imaginarse el bochorno de ambas. El comerciante nos atendió gentilmente, no nos reprochó y comentó con los otros clientes: “Así se educa un hijo!”
Una lección inolvidable para ambas. Mi hermana tendría tres años, yo cinco.
De mi madre recuerdo que no nos aplicaba castigos físicos, pero era muy exigente con la conducta. No nos permitía mentiras ni trampas de ningún tipo. Nos obligaba a ser responsables desde muy pequeñas. En el barrio era para todos Doña Amalia, respetada y querida, nadie podía decir que sus hijos eran maleducados, aunque Lola era un poco traviesa, cosa que compensaba con su simpatía y la belleza de sus grandes ojos verdes. Yo era la mayor, un poco mamita, respondía por las dos, menudo trabajo!
Escribí sobre una visita al barrio de mi niñez luego de muchos años de ausencia, el reencuentro con amigos y vecinos. Un fiel seguidor de mi blog, mi hijo Carlos, agregó un comentario como testigo de aquella circunstancia y se abrió el calidoscopio. Entonces los recuerdos se desgranaron como perlas.Los negocios del barrio: hacia la calle México, pegada a mi casa, la librería de Carlos Cotello; un poco más allá el bar de Manolo, luego el almacén, el distribuidor de galletitas, la lechería La Martona, hacia la calle Venezuela estaban la verdulería de los italianos, la boutique de Madame, una distinguida dama francesa que vendía sombreros para señoras, y a la vuelta la panadería de don Juan. De cada negocio tengo alguna anécdota. Mamà no nos dejaba salir solas, siempre en dúo con mi hermanita Lola.
Carlos me comenta que cuando él me acompañó visitamos la verdulería de la cuadra; el antiguo propietario había muerto y ahora estaba el hijo. Yo recordaba cuando íbamos a veces con mi madre y mi hermana a comprar fruta, o vino Crespi blanco dulce, sólo si teníamos invitados especiales para el almuerzo; ella evitaba esas compras de último momento, prefería los puestos del Mercado San Telmo en la calle Estados Unidos, decía que los vecinos eran “careros”.
En una oportunidad fuimos las tres. Mamà adquirió algo para preparar una ensalada, o papas. Fruta no, estaba muy cara; al llegar a casa observó que Lola tenía en sus manos un hermoso durazno; luego de intentos inútiles para explicar la posesión del mismo no tuvo otra opción que confesar: lo había sustraído! Seguramente no pudo vencer la tentación cuando pasó junto al cajón que exhibía el fruto dorado y perfumado. Después de una reprimenda, sin esperar ni un minuto más, mi madre dijo con voz imperativa: “Ahora va y le devuelve el durazno al verdulero y le pide disculpas”, cuando aplicaba disciplina nos trataba de usted, “Y vos Chola –era mi sobrenombre familiar– la acompañas”. Cuesta poco imaginarse el bochorno de ambas. El comerciante nos atendió gentilmente, no nos reprochó y comentó con los otros clientes: “Así se educa un hijo!”
Una lección inolvidable para ambas. Mi hermana tendría tres años, yo cinco.
De mi madre recuerdo que no nos aplicaba castigos físicos, pero era muy exigente con la conducta. No nos permitía mentiras ni trampas de ningún tipo. Nos obligaba a ser responsables desde muy pequeñas. En el barrio era para todos Doña Amalia, respetada y querida, nadie podía decir que sus hijos eran maleducados, aunque Lola era un poco traviesa, cosa que compensaba con su simpatía y la belleza de sus grandes ojos verdes. Yo era la mayor, un poco mamita, respondía por las dos, menudo trabajo!
Buenos Aires de ayer
Buenos Aires de ayer: tanto no ha cambiado, aún quedan los barrios tradicionales, las largas avenidas, la Manzana de las Luces, la Costanera Sur, los viejos conventillos, los cafés y las esquinas. Claro que ahora lo antiguo y lo tradicional tiene un aire for export, y se perdió un poco la magia de lo lento; el tango se contaminó con cadencias foráneas y la pelota de trapo se hizo sintética. Pero algo queda... algo que es tesoro de los porteños, un mundo casi escondido lleno de asombro y claves secretas, ese mundo que buscan los turistas cuando pagan para entrar en los circuitos del tour aventura o del turismo de riesgo. Vana pretensión, la ciudad es como una mujer hermosa que promete pero no entrega, que deja entrever como para alimentar la ilusión pero no muestra todo, pudor y orgullo no le permiten desnudarse. Dispuesta a darse sólo a quien la ama, a quien no la traiciona, no la vende, ni la quiere capturar.
Buenos Aires niña, la del 25 de Mayo, del Cabildo que dibujábamos casi de memoria en los cuadernos Rivadavia rayados en la escuela primaria, con la gente con paraguas, y los mulatos que vendían “pastelitos calientes que queman los dientes", y los patriotas que repartían escarapelas. La ciudad que conocí ya había pasado esa etapa y era la ciudad del cambio, con adelantos edilicios, rascacielos, tren subterráneo, grandes teatros, el Colón, el Maipo, palacios gubernamentales imponentes, como el del Congreso, el de Aguas Corrientes, el de Correos, de la Aduana, el Ministerio de Educación, la Casa Rosada. Siendo adolescentes solíamos recorrer esos lugares con mi hermana. Era difícil entrar en los grandes edificios, la escuela organizaba visitas al Teatro Colón y al Congreso. Podíamos entrar libremente al Cabildo, transformado en museo, a la Catedral, donde estaba el mausoleo que contenía los restos del Gral. San Martín, y a las viejas parroquias de Santo Domingo, San Ignacio o la capilla de San Francisco. En los jardines linderos al Cabildo los domingos había librerías de usados, y era maravilloso poder comprar viejos tomos de los grandes clásicos por pocas monedas.
La Plaza de Mayo con la invasión de palomas, que alimentábamos con granitos de maíz, era un paseo tradicional; luego bajábamos por la calle Belgrano, pasando por la casa donde una placa recordaba “Aquí nació el Gral. Manuel Belgrano”, y llegábamos al Parque Lezama, si nos animábamos más al sur alcanzàbamos la costanera, el Balneario Municipal.
En verano podíamos disfrutar de la playa. Tiempos de absoluta inocencia, o dulce ignorancia, cuando no existían letreros “Prohibido bañarse” o “Prohibido pescar”, aunque sin duda las aguas estaban tan contaminadas como hoy; como nadie lo sabía, posiblemente ni las autoridades sanitarias o municipales, todos éramos muy felices tendidos en la arena de dudoso color gris oscuro. Los porteños de esos tiempos no conocíamos la Costa Brava, o Miami, y aquella orilla del Plata era un anticipo del Paraíso. Hasta se alquilaban trajes de baño o mallas, para los turistas de paso o los desprevenidos, y nadie pensaba en contagios, hongos u otros peligros propios de tiempos más avanzados. Funcionaban dos sectores: uno completamente gratis, atiborrado de bañistas; otro donde se cobraban monedas para disfrutar de algunas comodidades de las cuales se podía prescindir.
Al regresar, cansados y con la piel rojiza, sin quemaduras gracias al uso del aceite calcáreo, bronceador casero, nos esperaban apostados estratégicamente los vendedores de sandía, con el pregòn “calada la colorada!", y si el presupuesto lo permitía hasta podía suceder algo aún más emocionante, sentarnos en un bar al aire libre, y beber Naranjín los chicos y cerveza Quilmes los mayores, disfrutando de algún espectáculo de bailes flamencos o folklóricos, o mirando las peripecias de un acróbata, o de un mago que sacaba hermosos conejos blancos de su galera.
Tiempos de dorada ingenuidad, sin contaminaciones de ningún tipo, sin necesidad de censuras, sin palabras incomprensibles, como show, showman, fast food, sin gaseosas, sólo el jugo de naranjas azucarado, libre de edulcorantes químicos, envasados en botellitas de vidrio con una bolita adentro que hacía la delicia de los chicos, la Bilz o el famoso Naranjín. Ah sí... había una palabra rara, ahora recuerdo: sandwichs, pero la reemplazábamos por sánguches y todos la entendían; eran muy ricos, de jamón y queso.
Llegábamos a casa felices y fresquitos, como para soportar el calor del pequeño departamento sin aire acondicionado, un lujo desconocido aún. Esa noche dormirìamos profundamente, sin sentir ni los mosquitos, de ser necesario mi padre encenderìa un espiral de fragante olor, no se conocía aún la alergia. Era el fin de una jornada inolvidable!
Buenos Aires niña, la del 25 de Mayo, del Cabildo que dibujábamos casi de memoria en los cuadernos Rivadavia rayados en la escuela primaria, con la gente con paraguas, y los mulatos que vendían “pastelitos calientes que queman los dientes", y los patriotas que repartían escarapelas. La ciudad que conocí ya había pasado esa etapa y era la ciudad del cambio, con adelantos edilicios, rascacielos, tren subterráneo, grandes teatros, el Colón, el Maipo, palacios gubernamentales imponentes, como el del Congreso, el de Aguas Corrientes, el de Correos, de la Aduana, el Ministerio de Educación, la Casa Rosada. Siendo adolescentes solíamos recorrer esos lugares con mi hermana. Era difícil entrar en los grandes edificios, la escuela organizaba visitas al Teatro Colón y al Congreso. Podíamos entrar libremente al Cabildo, transformado en museo, a la Catedral, donde estaba el mausoleo que contenía los restos del Gral. San Martín, y a las viejas parroquias de Santo Domingo, San Ignacio o la capilla de San Francisco. En los jardines linderos al Cabildo los domingos había librerías de usados, y era maravilloso poder comprar viejos tomos de los grandes clásicos por pocas monedas.
La Plaza de Mayo con la invasión de palomas, que alimentábamos con granitos de maíz, era un paseo tradicional; luego bajábamos por la calle Belgrano, pasando por la casa donde una placa recordaba “Aquí nació el Gral. Manuel Belgrano”, y llegábamos al Parque Lezama, si nos animábamos más al sur alcanzàbamos la costanera, el Balneario Municipal.
En verano podíamos disfrutar de la playa. Tiempos de absoluta inocencia, o dulce ignorancia, cuando no existían letreros “Prohibido bañarse” o “Prohibido pescar”, aunque sin duda las aguas estaban tan contaminadas como hoy; como nadie lo sabía, posiblemente ni las autoridades sanitarias o municipales, todos éramos muy felices tendidos en la arena de dudoso color gris oscuro. Los porteños de esos tiempos no conocíamos la Costa Brava, o Miami, y aquella orilla del Plata era un anticipo del Paraíso. Hasta se alquilaban trajes de baño o mallas, para los turistas de paso o los desprevenidos, y nadie pensaba en contagios, hongos u otros peligros propios de tiempos más avanzados. Funcionaban dos sectores: uno completamente gratis, atiborrado de bañistas; otro donde se cobraban monedas para disfrutar de algunas comodidades de las cuales se podía prescindir.
Al regresar, cansados y con la piel rojiza, sin quemaduras gracias al uso del aceite calcáreo, bronceador casero, nos esperaban apostados estratégicamente los vendedores de sandía, con el pregòn “calada la colorada!", y si el presupuesto lo permitía hasta podía suceder algo aún más emocionante, sentarnos en un bar al aire libre, y beber Naranjín los chicos y cerveza Quilmes los mayores, disfrutando de algún espectáculo de bailes flamencos o folklóricos, o mirando las peripecias de un acróbata, o de un mago que sacaba hermosos conejos blancos de su galera.
Tiempos de dorada ingenuidad, sin contaminaciones de ningún tipo, sin necesidad de censuras, sin palabras incomprensibles, como show, showman, fast food, sin gaseosas, sólo el jugo de naranjas azucarado, libre de edulcorantes químicos, envasados en botellitas de vidrio con una bolita adentro que hacía la delicia de los chicos, la Bilz o el famoso Naranjín. Ah sí... había una palabra rara, ahora recuerdo: sandwichs, pero la reemplazábamos por sánguches y todos la entendían; eran muy ricos, de jamón y queso.
Llegábamos a casa felices y fresquitos, como para soportar el calor del pequeño departamento sin aire acondicionado, un lujo desconocido aún. Esa noche dormirìamos profundamente, sin sentir ni los mosquitos, de ser necesario mi padre encenderìa un espiral de fragante olor, no se conocía aún la alergia. Era el fin de una jornada inolvidable!
martes, 23 de febrero de 2010
Monserrat, mi barrio
A veces pienso si no sería mejor volver. Volver a la niñez, a la adolescencia, a Buenos Aires, al barrio de Monserrat, si se pudiera claro está. Retomar la vida desde aquel otoño cuando, después de un destierro voluntario de quince años mis padres decidieron regresar al pueblo natal de mi madre, a Colón. Para ellos era volver, para mis hermanos y para mí era irnos.
El departamento de la calle Bolívar ya resultaba demasiado chico; cuando entramos éramos cuatro: mamá, papá, Lola de tres años y yo de cinco, ahora con mis hermanitos Sara y Luis éramos seis. Además mi padre había perdido su trabajo como carpintero en los astilleros de Puerto Nuevo, y su pequeño taller de carpintería en el trasfondo de la imprenta Chile no andaba bien. Se jubiló a los cincuenta. La ley consideraba el empleo en la marina mercante riesgoso y concedía el beneficio a esa edad. Con algunos ahorros, la venta de una casita en Monte Chingolo y un crédito bancario mi papá compró un camión y decidió volver al oficio de camionero que ya habia desarrollado cuando salió de Colón. En ese entonces la familia se había trasladado a Mendoza buscando porvenir en el transporte de la uva y luego de probar suerte en el sector vitivinícola dejó la zona y marchó hacia Buenos Aires. Mi padre tenía alma de aventurero y mamá lo seguía fielmente, plenos de ilusiones ambos, escapando de las crisis o tal vez de las consecuencias de las guerras europeas.
Y ahora... otra vez a Colón! Allá estaba la casa del Barrio Mitre, primer hogar, y se podía trabajar transportando cereales con el camión Skoda 0 km. apenas adquirido. Una nueva aventura? O un camino más seguro para todos? Yo tenía 19 años, un título secundario, Perito Mercantil Nacional, y uno de nivel terciario: Preparadora de Histología; mi hermana Lola pensaba terminar allá sus estudios secundarios; mis hermanitos entraron en la Esc. N°3. Mamá comenzó sus actividades en la granjita que armó en el fondo de la casa, ya que el terreno era muy grande. Todo prometía. Éramos felices, cada uno tenía un proyecto, nos esperaban parientes y amigos, qué más podíamos pedir? Y dejamos Monserrat, la calle Bolívar, la Biblioteca Nacional, a la vuelta de casa, que era nuestro lugar de estudio y lectura, los amigos, los parientes.
La casa que ahora habitaríamos era grande, con jardín, nos parecía un palacio; claro que no contaba con las comodidades y servicios de la capital, estaba situada en la Sección Quintas del pueblo, allí no había luz elèctrica, ni agua corriente, ni asfalto, para nosotras era el campo, una vida un poco primitiva pero con todo el encanto de la naturaleza.
Luego de muchos años, en un viaje a Buenos Aires, visité el barrio antiguo, la casa de la calle Bolívar; quedaba un sólo vecino de aquellos de la fiesta de mis quince, Alberto Barrios, en el depto. 4, sus padres habían fallecido, sus hermanos se habían casado y vivían en otros lugares. Fue lindo recordar la niñez, mirar fotos, reir y soltar alguna lágrima pensando en los ausentes. Yo iba acompañada de uno de mis hijos, Fernando, de ocho años, Beto ya era un anciano. Luego fuímos a la Biblioteca en la calle México entre Bolívar y Perú, y viví la emoción de encontrar a la bibliotecaria de otrora, que me reconoció y se acordó de la primera vez que fuímos con Lola, cuando nos sentamos en una mesita redonda de su sala de lectura infantil, ella nos sirvió el té y nos prestó libros de cuentos de hadas. Yo también la recordaba, era una linda joven en aquel tiempo lejano, ahora lucía una peluca para ocultar su calvicie y estaba muy maquillada, pero para mí seguía siendo tan hermosa como antes. Habían pasado más de veinticinco años.
Volver... como dice el tango de Gardel. No se puede. Todo cambió, el barrio, la ciudad; la Biblioteca se mudó a un edificio muy moderno y grande en otro lugar. Y, tal vez lo más importante, cambié yo. Ahora estoy a quince mil kilómetros, en otro país, en otro continente. Tal vez volver sería nuevamente irme.
El departamento de la calle Bolívar ya resultaba demasiado chico; cuando entramos éramos cuatro: mamá, papá, Lola de tres años y yo de cinco, ahora con mis hermanitos Sara y Luis éramos seis. Además mi padre había perdido su trabajo como carpintero en los astilleros de Puerto Nuevo, y su pequeño taller de carpintería en el trasfondo de la imprenta Chile no andaba bien. Se jubiló a los cincuenta. La ley consideraba el empleo en la marina mercante riesgoso y concedía el beneficio a esa edad. Con algunos ahorros, la venta de una casita en Monte Chingolo y un crédito bancario mi papá compró un camión y decidió volver al oficio de camionero que ya habia desarrollado cuando salió de Colón. En ese entonces la familia se había trasladado a Mendoza buscando porvenir en el transporte de la uva y luego de probar suerte en el sector vitivinícola dejó la zona y marchó hacia Buenos Aires. Mi padre tenía alma de aventurero y mamá lo seguía fielmente, plenos de ilusiones ambos, escapando de las crisis o tal vez de las consecuencias de las guerras europeas.
Y ahora... otra vez a Colón! Allá estaba la casa del Barrio Mitre, primer hogar, y se podía trabajar transportando cereales con el camión Skoda 0 km. apenas adquirido. Una nueva aventura? O un camino más seguro para todos? Yo tenía 19 años, un título secundario, Perito Mercantil Nacional, y uno de nivel terciario: Preparadora de Histología; mi hermana Lola pensaba terminar allá sus estudios secundarios; mis hermanitos entraron en la Esc. N°3. Mamá comenzó sus actividades en la granjita que armó en el fondo de la casa, ya que el terreno era muy grande. Todo prometía. Éramos felices, cada uno tenía un proyecto, nos esperaban parientes y amigos, qué más podíamos pedir? Y dejamos Monserrat, la calle Bolívar, la Biblioteca Nacional, a la vuelta de casa, que era nuestro lugar de estudio y lectura, los amigos, los parientes.
La casa que ahora habitaríamos era grande, con jardín, nos parecía un palacio; claro que no contaba con las comodidades y servicios de la capital, estaba situada en la Sección Quintas del pueblo, allí no había luz elèctrica, ni agua corriente, ni asfalto, para nosotras era el campo, una vida un poco primitiva pero con todo el encanto de la naturaleza.
Luego de muchos años, en un viaje a Buenos Aires, visité el barrio antiguo, la casa de la calle Bolívar; quedaba un sólo vecino de aquellos de la fiesta de mis quince, Alberto Barrios, en el depto. 4, sus padres habían fallecido, sus hermanos se habían casado y vivían en otros lugares. Fue lindo recordar la niñez, mirar fotos, reir y soltar alguna lágrima pensando en los ausentes. Yo iba acompañada de uno de mis hijos, Fernando, de ocho años, Beto ya era un anciano. Luego fuímos a la Biblioteca en la calle México entre Bolívar y Perú, y viví la emoción de encontrar a la bibliotecaria de otrora, que me reconoció y se acordó de la primera vez que fuímos con Lola, cuando nos sentamos en una mesita redonda de su sala de lectura infantil, ella nos sirvió el té y nos prestó libros de cuentos de hadas. Yo también la recordaba, era una linda joven en aquel tiempo lejano, ahora lucía una peluca para ocultar su calvicie y estaba muy maquillada, pero para mí seguía siendo tan hermosa como antes. Habían pasado más de veinticinco años.
Volver... como dice el tango de Gardel. No se puede. Todo cambió, el barrio, la ciudad; la Biblioteca se mudó a un edificio muy moderno y grande en otro lugar. Y, tal vez lo más importante, cambié yo. Ahora estoy a quince mil kilómetros, en otro país, en otro continente. Tal vez volver sería nuevamente irme.
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