domingo, 23 de mayo de 2010

Alta costura

Cambian los tiempos, cambian las costumbres. Mis nietos estudian computación e idiomas, inglés, alemán. En mi adolescencia eran otras las materias que se preparaban fuera del programa escolar. Para las niñas era casi obligatorio cursar Corte y Confección o Piano.

Al finalizar sexto grado, en el 1950, antes de comenzar el secundario y con tan sólo doce años mi madre me sugirió entrar como aprendiza durante ese verano en el taller de alta costura de Ramona, una modista fina que se especializaba en vestidos de fiesta, para novias y madrinas; recibía como alumnas sólo a jóvenes con aptitudes para el oficio. Luego de un breve examen me aceptó y para mí fue un honor incorporarme a su atelier.

Aún recuerdo el día que entré en la espaciosa sala que daba a la calle México, en el barrio Monserrat, de Buenos Aires. Me parecía un lugar casi mágico, con tantos maniquíes, mesas de trabajo, máquinas de coser, y telas finas, organza, seda, encajes por doquier. Yo era la más joven, la única aprendiza, varias mujeres trabajaban cortando, cosiendo, probando.
De pronto la emoción se mezcló con una angustiosa sensación de fracaso, me dieron ganas de salir corriendo. Ramona daba órdenes a las mayores, controlaba todo, por varios minutos que me parecieron eternos casi no me prestó atención, yo pensaba: "¿qué haré si me manda a coser con una máquina?, ¿y si me dice de cortar un vestido? ¡seguramente haré un papelón!" Nada de eso. Me alcanzó un pequeño imán en forma de U y me dijo: "Junta todos los alfileres que están sobre el piso".
Esa fue la primera lección, una lección de humildad. Lo que yo suponía una magnifica carrera de Alta Costura empezaba de rodillas sobre las tablas de madera lustrada, llenas de finas vetas entre las cuales se escondían caprichosamente decenas de agujas. Luego vino el cortar los hilos del punto flojo, más tarde el sulfilado, el aprendizaje del hilvanado, y ya casi al terminar el verano pasé al uso de la plancha abriendo costuras, un trabajo difícil que exigía mucha prolijidad.
Dos años después, mi hermana y yo entramos como alumnas en las famosas Academias Singer de Av. Colón y Belgrano, era una escuela privada donde enseñaban un curso de Corte y Confección de tres años. Lola terminó la carrera, tenía una auténtica vocación por el arte de la costura, luego se dedicó a la confección de trajes de novia con gran éxito. Yo cursé sólo primer año, a pesar de ello logré confeccionar mi vestido de los quince, de organza color celeste, con pollera plato y un lazo en la cintura, cosido a mano como exigía mi profesora, la Sra. Schiavone. Luego una blusa blanca de seda y una hermosa pollera acampanada de poplin negro estampado con grandes margaritas que lucí aquel verano en nuestro primer viaje a Mar del Plata.

No llegué a montar un atelier propio como mi hermana pero lo que aprendí en ese tiempo me fue útil toda la vida. Era un placer comprar dos metros de una linda tela y hacer un vestido para estrenar el fin de semana en pocas horas con un costo muy bajo. Tiempos sin tv, sin internet, sin celulares. El día alcanzaba para todo: ir a la escuela, aprender algún oficio, armar sobres para el taller del barrio, estudiar, y hasta... ¡escuchar la radio! Sin piano y sin inglés.

jueves, 13 de mayo de 2010

Un tiempo de vacas flacas

A veces los tiempos más difíciles, de vacas flacas, son paradójicamente los más activos y llenos de sorpresas, con muchas lágrimas pero a la vez con muchas sonrisas.

Mis dieciseis años coincidieron con el penúltimo de la carrera comercial y el segundo en la Escuela de Preparadores. A veces trato de recordar cómo lograba hacer tantas cosas a la vez.

Por la mañana las clases en el Hospital Rawson, por la tarde la Escuela de Comercio, luego a la Biblioteca para tomar apuntes, y aún quedaba tiempo para tomar clases de Dibujo en una academia del barrio que funcionaba en un Centro Cívico, dos veces por semana; los sábados a la tarde cumplía con Gimnasia en un club de Palermo. Los domingos íbamos a la casa de Monte Chingolo, donde nos encontrábamos con los invitados especiales de mis padres: mis tíos y primos. Todos disfrutábamos de un día sin el bullicio ciudadano, con mucho aire y sol, asado que preparaba mi padre y abundantes ensaladas. Juegos y diversión al por mayor en un ambiente natural.

Cuando terminó el período lectivo en noviembre sólo me restaba rendir los exámenes finales en el Rawson. En pocos días debía prepararme a fondo; la terraza del edificio era el lugar más tranquilo, lejos de las travesuras de mis hermanos menores. Para algunos temas difíciles contaba con la ayuda de Ricardo, un estudiante de medicina que rendía las prácticas de Histología en la cátedra del Dr. Mosto, éramos sólo amigos, aunque yo lo admiraba, me parecía inteligente, muy buen mozo, él tenía novia en su ciudad natal, Mendoza, y me trataba con mucho respeto. ¡Qué pena!

Pasada la primera semana de diciembre y aprobadas las materias me lancé, como cada verano, a buscar un empleo como cadeta. Esta vez fue en una marroquinería de la calle Santa Fe, para controlar la calidad de los artículos de cuero, colocar etiquetas con los precios y en algunas oportunidades entregar cosas pequeñas, billeteras, bolsos de mano, a clientes que se hospedaban en el Hotel Crillon, vecino al negocio. Cuando llegaba algún barco con pasajeros importantes debía preparar las invitaciones y escribir "Welcome to Buenos Aires" con letra caligráfica. Recuerdo que en una oportunidad vino a comprar artículos de cuero de cocodrilo un actor famoso de películas del "far west", Walter Pidgeon, muy alto, guapísimo, todos le pedían autógrafos, yo no me animé.

El personal de la Casa Pisk estaba formado por: una señora alemana, Froilen Beatriz, una francesa, otra italiana, Guillermo, el cadete y yo, los únicos argentinos. El propietario se llamaba Carlos Pisk, un austríaco judío, que me trató siempre con respeto y mucho cariño.

Cuando pasaron las fiestas, en enero, mis padres decidieron viajar a Colón para pasar allí las vacaciones. La familia que había alquilado durante más de diez años nuestra casa del Barrio Mitre se mudaba al centro y la dejaba libre. Me resultó difícil comunicarle a mi empleador que dejaba el puesto. Se mostró consternado, él y su esposa me apreciaban y contaban conmigo. Finalmente aceptaron la situación, me pagaron el sueldo, aguinaldo y vacaciones proporcionales y me regalaron una suma adicional; antes de despedirme debí prometerles que no abandonaría los estudios. Ambos se habían interesado por mi boletín de calificaciones y estaban orgullosos de mis notas, como si fuera una hija.

Un año pleno de actividades, de estudio, trabajo y amigos nuevos. Y no sólo... hasta hubo tiempo para iniciar algún romance juvenil, con José María, el vecino de mi amiga Rosita, una relación que duró muy poco y consistía en aceptar su compañía a la salida de la escuela, y algún tímido beso de despedida al llegar a mi casa. Me parecía tremendamente aburrido y formal, de modo que un día le dije que no quería salir más con él; me contestó muy cortésmente: “Bueno... está bien, no me gusta obligar a nadie”, y nos despedimos como amigos, con un apretón de manos y una sonrisa.

Mi segundo pretendiente no fue tan amable, lo había conocido en un baile de Carnaval del Centro Lucense, en el barrio de Congreso. Íbamos a bailar con mi hermana y un grupo de amigas del Comercial acompañadas por mi madre, se usaba así y a nadie le parecía mal, al contrario, las otras chicas apreciaban mucho a mi mamà y sus familias confiaban en ella para autorizar las salidas. Enrique era hijo de inmigrantes españoles al igual que José María, y cursaba el quinto año en la Escuela Industrial N°11, vecina al Comercial. No me parecía tan guapo pero era muy simpático y educado; algo que me movió a aceptar su galanteo fue el hecho de que no sólo me esperaba a la salida de la escuela sino que los fines de semana me invitaba, junto a mi hermana, al cine. Ahora sí, era casi un novio, como los de mis condiscípulas. El romance sin embargo duró pocos meses.

En enero partimos con mi familia hacia Colón. Pasamos allá el verano. Buenos Aires parecía muy lejano, nuevos intereses, amigos y diversiones me permitieron poner en claro mis sentimientos. Iniciaba una nueva etapa. Cuando ya pensaba que enamorarme era imposible, conocí al hombre que luego sería el compañero de toda mi vida. Había llegado el Amor. Al regresar en marzo a Buenos Aires corté mi relación con Enrique. No se resignó fácilmente y trató de cambiar mi voluntad con ruegos y amenazas. Esta vez no hubo una despedida amable. Para mí comenzaba un hermoso tiempo de sonrisas.

miércoles, 5 de mayo de 2010

Crisis hubo siempre

En este momento se dice que hay una crisis de alcance mundial. Países del llamado primer mundo, como Italia y otros europeos, aún Estados Unidos, potencia líder en América, sufren desequilibrios muy serios en su economía, que afecta principalmente a los sectores más débiles como trabajadores, familias numerosas, jubilados y estudiantes. Para los más jóvenes esta crisis es motivo de desorientación, inquietud y miedo ante un porvenir que se presenta incierto. Busco el significado de la palabra crisis en el diccionario y la define como un cambio brusco, una variación o una situación de dificultad. Es lógico entonces que muchos se sientan angustiados ante cualquier fenómeno de este tipo.

Cuando llegué a la adolescencia, varios cambios sacudieron el país y golpearon fuerte en la economía de mi familia. Finalizaba el segundo año de la secundaria y mi padre había perdido su empleo en la Construccion Naval, en los astillero de Puerto Nuevo. Un cambio en la política sindical, nuevos contratos, la presión gubernamental que coartaba la libertad de los convenios laborales obligaron a la creación de nuevas estructuras que mi padre no pudo o no quiso acepar. Así, bruscamente, mi familia perdió la seguridad de un empleo bien remunerado, con aportes y beneficios que permitían planificar un presupuesto, cubrir las necesidades básicas y aún formar un fondo de previsión y ahorro.

Cuando faltaba poco para el inicio del cuarto año, mis padres me comunicaron que la situación económica de la casa era grave y por lo tanto tendría que abandonar los estudios para trabajar, tal vez en alguna fábrica de la zona. Al principio me sentí consternada, después de pensarlo les hice una contrapropuesta: si el problema era como me habían dicho que no tendrían dinero para comprarme los libros yo estudiaría en la biblioteca y tomaría apuntes, en cuanto a los viáticos podía ir caminando hasta la escuela, eran menos de dos kilómetros. Usaría el mismo delantal. El reglamento escolar exigía uniforme, sacón naval negro o azul, zapatos abotinados, marrones o negros, medias claras, el cabello recogido con cintas azules y otros accesorios no tan costosos. Todo podía durar dos años más. Mi hermana se adhirió al plan de emergencia. Luego de algunos cabildeos recibimos la aprobación y empezamos el último tramo con disciplina y férrea voluntad de nuestra parte y el apoyo familiar. Enfrentaríamos juntos la crisis.

En cuanto a mí, esta prueba reforzó mi voluntad y los deseos de superación. No sólo entraría en cuarto año del Comercial, a la vez iniciaría una carrera terciaria en la Escuela Municipal de Preparadores de Histología que funcionaba en el Hospital Rawson. Eran los primeros pasos para llevar a cabo un proyecto más ambicioso: estudiar Medicina.

Una compañera, Teresa Urda, me propuso la inscripción al curso que iniciaría en abril, era un programa de tres años, dos de teoría y uno de práctica. Dado que seríamos la primera promoción entraríamos ambas con un plan especial; su madre, que era obstetra del hospital nos presentó al director, el Dr. Adolfo Mosto, a quien solicitamos cursar la teoría paralelamente con los dos últimos años del comercial y cumplir con las prácticas al mismo tiempo entrando como empleadas ad honórem, sin sueldo, en el laboratorio de Histopatología del Rawson. Luego de cumplir con varios trámites aceptaron la propuesta con la condición de entregarnos el título de Preparadoras cuando presentáramos el de Perito Mercantil.

Mi entusiasmo cubrió toda dificultad; me levantaba muy temprano, algunas veces a pie, otras en colectivo, llegaba al hospital en el barrio de Constitución, antes de las 8. Las clases se extendían hasta las 12. Las materias eran muy interesantes, Anatomía, Histología, Técnica Histológica, Matemática y Física. De lunes a sábados. Teníamos exámenes parciales a mediados de año y los finales en diciembre. Las prácticas se desarrollaban en el laboratorio de histopatología, el material provenía de la morgue, se trataba de necropsias, tejidos retirados de muertos, que se cortaban en pequeñas láminas de dos o tres micrones y se coloraban y fijaban con líquidos especiales. Una labor muy delicada. Llegaba a casa y, sin sacarme el delantal, comía apresuradamente algunos bocados, luego corría hasta la parada del colectivo 122 en la Av.Belgrano, bajaba presurosa en Pichincha y entraba a la escuela comercial cuando ya cerraban el pesado portón; eran los últimos minutos, entrar por la puerta anexa significaba media falta.

Todo aquel sacrificio tendría su premio y me permitiría, como preparadora, formar parte del personal hospitalario y ganar un sueldo para pagar la carrera de Medicina. Ese era mi proyecto.
¿Crisis? Pasé varias a través de mi vida, todas me sirvieron para fortalecer mi voluntad de salir adelante; esta de mi adolescencia era la primera de la cual tenía conocimiento. Mis padres habían pasado otras, como la del 30, o las de la segunda guerra mundial, a ellos tampoco los asustaba lo imprevisto.

domingo, 2 de mayo de 2010

Junto al mar

No puedo evitar el hacer comparaciones entre mi adolescencia y la de mis nietas, sin embargo encuentro diferencias pero no condeno ni premio a ninguna, en el fondo siempre está el mismo impulso vital, el de la juventud que busca, que anhela, a veces no sabe muy bien qué cosa pero avanza inexorable.

Trabajar era una necesidad y a la vez un placer. Durante todo el año con mi hermana hacíamos sobres para un taller gráfico del barrio; entramos recomendadas por una compañera de la escuela primaria cuando yo cursaba sexto grado y Lola cuarto, la retribución era muy baja, pocos centavos cada cien piezas, pero ganábamos el dinero que nos permitía cubrir nuestros gastos escolares y aún aportar algo para la casa. A veces mamá nos ayudaba cuando había una entrega de urgencia o el material era difícil de trabajar, sobres de celofán o de papel muy fino, si el bulto era muy pesado también papá colaboraba llevando los paquetes. Hicimos ese trabajo durante más de cinco años.

En las vacaciones tomábamos otros empleos. Las clases terminaban en noviembre y ya el primero de diciembre muy temprano comprábamos el diario al canillita de Venezuela y Bolívar para marcar los pedidos de cadetas. En el verano del primer año del secundario fue el trabajo como secretaria en la imprenta, en el del segundo un diario alemán me contrató para escribir a mano sobres publicitarios; era una tarea pesada y mal pagada, en un ambiente desagradable al cual no pude integrarme y finalmente me despidieron. Un fracaso exitoso que me permitió evaluar desde entonces con mas cuidado las ofertas lavorativas.

Cuando finalizó mi tercer año ocurrió algo maravilloso: con mi hermana nos habíamos anotado en una lista de vacaciones escolares, sin hacernos muchas ilusiones. Era todo gratis, pagado por el gobierno, diez días en una ciudad balnearia, Chapadmalal, a pocos kilómetros de Mar del Plata. Las aspirantes eran muchas, de todas las escuelas secundarias de la Capital. Tuvimos la suerte de resultar favorecidas y nos avisaron antes del fin del ciclo lectivo que salíamos en los micros especiales en el primer turno de diciembre. Para mi hermana y para mí era el primer verano junto al mar. Mis padres firmaron la autorización y partimos hacia la aventura.

Diez días que parecían diez años, con tantas cosas interesantes, amistades, diversiones, paseos; a veces me parecía vivir un cuento de hadas, todo nuevo y hermoso. Se trataba de un complejo turístico de ocho grandes edificios de varias plantas en estilo californiano, frente al mar, con conexiones directas a las más importantes ciudades costeras. El N° 5 estaba destinado a las integrantes de la U.E.S. (Unión de Estudiantes Secundarios), con habitaciones triples, amplios ventanales, comedores lujosos, menús especiales, algo que hubiera sido inalcanzable para el presupuesto de mi familia. Nos dividían por turnos y sexos, Rama Femenina y Rama masculina.

Tiempos de Evita y Perón. En el plan de política social el presidente y su esposa habían considerado todo lo referido a los estudiantes: vacaciones, deportes, actividades extra-escolares. Mi padre no era peronista, se mostraba como contrario a una política que consideraba demagógica, mi madre no opinaba ni se interesaba mayormente del tema. Mi hermana y yo tampoco sabíamos nada de política pero éramos muy felices con las vacaciones regaladas. Pasarían muchos años antes de que toda la familia hiciera alguna revisión histórica y tomara distintas posiciones. Hasta papá cambió sus ideales. Pero esa es otra historia.

lunes, 26 de abril de 2010

Pequeña secretaria

El primer año en la escuela secundaria fue rico en experiencias y apredizajes. Eran siete divisiones de treinta y cinco o màs alumnas. En el turno mañana funcionaba la Escuela Nacional de Comercio N°5 Gral. San Martin, para varones, y en el de la tarde la Escuela Nacional de Comercio N°6 para Señoritas. El edificio, de dos plantas, estaba ubicado en la calle Belgrano al 2.200, casi esquina Pichincha, en el barrio Once.

En mi aula eramos cuarenta y cuatro alumnas. El plan de estudios tenìa como objetivo preparar a las estudiantes de modo tal que al llegar a tercer año pudieran ejercer trabajos de Secretaria en empresas comerciales; asì tenìamos Mecanografìa, Estenografìa y Contabilidad como materias pràcticas.

Cuando finalicè el primer año mi padre me presentò a un amigo, propietario de la imprenta Chile quien necesitaba una cadeta para su empresa. Me llamaron a ocupar el puesto en pocos dias y con tan sòlo trece años tuve mi primer empleo, de cuatro horas diarias, para realizar mandados, atender el telèfono, tomar pedidos, escribir a màquina notas y circulares o cartas breves. La retribuciòn era de doscientos cincuenta pesos mensuales.

Recuerdo cuando cobrè mi primer sueldo, comprè una màquina para fotos Gevaert para mi padre, un perfume en lujoso estuche para mamà y una bandeja de masas y gaseosas para compartir con mis hermanos. Aquella tarde en mi casa hubo una pequeña fiesta.

La oficina estaba en la recepciòn, luego la sala de tipografia, con muchas màquinas, donde se editaban libros, revistas y periòdicos, y en el fondo el taller de carpinterìa de mi padre. Era un lindo grupo de gente amiga que respetaban mucho a mi papà a quien apodaban cariñosamente "el almirante" por su tarea en los astilleros navales. Mis primeros colegas: Osvaldo el encargado de la guillotina, Romel el joven judìo linotipista, don Ceppi el Jefe de Taller, y dos o tres màs cuyos nombres no recuerdo, para ellos yo era "la niña", como me decia don Luis Benavente, el dueño, con simpàtico acento chileno.

A medida que pasaban los dias me iba afirmando en mi puesto y antes de que terminara el verano ya me encomendaban retirar del Banco el dinero para pagar las quincenas, extender los recibos con mi linda letra cursiva y realizar otras tareas de responsabilidad.
Cuando llegò marzo finalizò mi contrato de trabajo; continuaba mis estudios e ingresaba en segundo año.

Junto con el ùltimo sueldo llegaron los regalos, un libro de poesìas "El copihuè", nombre de la flor nacional de Chile, otro de cuentos policiales, "El asesino cuenta el cuento", y hasta un brindis, sin alcohol por supuesto, con masas finas, para despedirme. Mi primera experiencia laboral fue maravillosa y dejò en mi muy buenos recuerdos.

La pràctica como secretaria me permitirìa cursar las materias comerciales con mayor facilidad; ademàs habìa formado un fondo para comprar mis libros y ùtiles. Un aporte a la economìa hogareña y una experiencia valiosa, fuente de alegrìa y generadora de proyectos.

sábado, 24 de abril de 2010

Una decisión importante

Desde pequeña buscaba y necesitaba tener frente a mí personas admiradas y amadas para imitar o para seguir; creo que es igual para todos los niños. Cuando veo a mis nietos inmersos en la pantalla del televisor o de la computadora, me preocupa la sospecha de una carencia en ese sentido en sus vidas. Un mundo virtual con personajes dibujados o imaginarios, tipo Harry Potter o algún otro mago que acaparan la atención de los jóvenes, poco o nada para imitar. Por suerte aún quedan algunos maestros, a pesar de las clases online, y los padres quizás cuentan con algún tiempo para los chicos, siempre y cuando no estén a la vez absorbidos por la pasión de Internet o el Facebook. Bueno... no todo es tan trágico, los tiempos cambian y ahora también los "over ..." pasamos largas horas en el mundo virtual, pero siempre queda amor para compartir.

Quiénes eran nuestros héroes? Tarzán, en el cine o a través de la radio, escuchando sus aventuras en la selva junto a Juana, saltando de árbol en árbol mediante las lianas con la mona Chita, mientras tomábamos la merienda al regresar de la escuela, una gran taza de leche caliente con Toddy, nadie pensaba en las calorías, todos queríamos ser fuertes como Tarzán! tal como prometìa la publicidad de la empresa que patrocinaba el programa diario.
Los jueves papá traía el Billiken, y una vez a la semana disfrutábamos de alguna revista de aventuras, con el rubio Flash Gordon o el misterioso Mandrake; otro héroe inolvidable era Superman, varios amiguitos se dieron de narices en el suelo tratando de volar como él.

Claro que también estaban los modelos reales para imitar, y para mí nadie tan digno de admiración como mi maestra, la señorita Carmen, que sabía TODO, y además era linda y buena. O la maestra de sexto grado, que nos hacía estudiar casi de memoria los relatos de la mitología griega y de vez en cuando nos invitaba a su casa, en grupos de dos o tres, y nos servía el té en maravillosas tacitas de porcelana, mientras saboreábamos delicadas masas cubiertas de azucarado fondant color rosa, escuchando música clásica. Yo la miraba y pensaba: "Quisiera ser como ella". Inteligente y hermosa.

Tal vez por eso cuando terminaba el ciclo primario ya había decidido que quería ser maestra. Mi madre respetaba mi decisión y me acompañaba en los trámites de inscripción en la Escuela Normal del barrio; ya tenía la fecha del exámen de ingreso muy próxima cuando me enteré de los temas que debía aprobar, me preparaba sola en Castellano, mi padre habia contratado un joven estudiante del barrio para que me enseñara algunos puntos en los que andaba floja, como la regla de tres en Matemática.

Todo estaba listo. Una tarde vino a visitarnos mi prima Berta, ella era Perito Mercantil, había egresado hacía poco de la secundaria con el título y ya trabajaba exitosamente en una empresa importante. Me aconsejó cambiar de escuela, ingresar en un Comercial, la convenció también a mi mamá; era una carrera con mejor salida laboral que el magisterio y me daría la oportunidad de seguir estudios universitarios de Economía o Derecho.

Así decidí inscribirme en la Escuela Nacional de Comercio N°6 para Señoritas, del barrio Once. Toda la familia apoyó el cambio. Pocos días después aprobé el exámen de ingreso y en el mes de marzo de 1951 comencé los estudios secundarios que me permitirían obtener el título de Perito Mercantil Nacional luego de cinco años.

Fue un tiempo de esfuerzos, de dedicación y disciplina. Allí tenìa muchos modelos para seguir, tantos maestros y profesores para admirar y amar. La materias preferidas eran Matemática, Contabilidad, Caligrafia y Dibujo, y... bueno, todas. Durante los cinco años mi nombre estuvo siempre en el Cuadro de honor, aprobando todas las materias con buenas notas, con conducta excelente y pocas inasistencias. Un tiempo de importantes experiencias tanto en el estudio como en mi desarrollo personal. Siempre acompañada por mi hermana y mis padres. Puedo decir que la adolescencia pasó velozmente sin tanto adolescer. Sólo lo necesario para vivir con normalidad una de las etapas más lindas de mi vida.

domingo, 18 de abril de 2010

Vacaciones

Cuando niña esperaba junto a mi hermana la llegada del verano, el fin de clases, porque ello significaba la posibilidad de visitar a los primos del campo. Entonces venía tío Ezio a buscarnos. Después de preparar nuestras valijas mamá nos despedía con la promesa de que pronto se nos uniría en la aventura junto a mis hermanos menores.

A las cinco de la mañana partía el tren desde Retiro, era la linea del F.G.B.M. como ponía mamá con grandes letras cursivas en los sobres de las cartas que enviaba a sus hermanas, o sea el Ferrocarril General Bartolomé Mitre, que unía la Capital Federal con la ciudad de Córdoba.

A las diez llegábamos a Colón. El edificio de la estación, hoy transformado en Museo, era de estilo inglés, paredes de ladrillo visto, techo de tejas. Nos esperaba tía Magdalena con el sulky atado bajo la arboleda, guiado por un hermoso alazán ,"El Nene". Poco después el carruaje, liviano, con asiento y grandes ruedas de madera, cruzaba las últimas calles de la pequeña ciudad y enfilaba velozmente hacia el campo. Aún me parece oir el golpear de los cascos del animal sobre los adoquines de la calzada; por los altavoces, colgados de los árboles perfilados en las anchas veredas, la radio local transmitía música popular. A pocas cuadras comenzaba la zona de las quintas, con calles de tierra prolijamente regadas por el carro municipal que pasaba continuamente. Todo lucía limpio y brillante, podíamos sentir el perfume de las plantas mientras contemplábamos el cielo de un azul increíble. Para nosotras aquello era el Paraíso. El sol nos daba de pleno en la cara y el suave viento nos despeinaba las trenzas que con tanto esmero había peinado nuestra madre. Ahora la ciudad nos parecía muy lejana, nos separaban trescientos kilómetros pero a mi hermana y a mí nos parecía que estábamos en otro planeta.

Nos divertía mucho sentir los chasquidos del largo y fino látigo que apenas tocaba al Nene, los gritos que daba el tío para azuzar al animal y todo ese despliegue de habilidades mientras se sentían ciertos olores que no nos disgustaban a pesar de corresponder al sudor o algún otro efluvio equino. Tal vez porque los olores se mezclaban y ganaba el del pasto de las cunetas o del maíz que crecía junto al camino. De vez en cuando una liebre cruzaba delante del sulky o alguna perdiz se levantaba con un silbido asustando al caballo, el tío lo contenía con el freno, por temor a que se desbocara.
El animal cambiaba el galope por un trote suave y acompasado, ya se avistaba la casa.

Junto a la tranquera nos esperaban ansiosamente los primos. La fiesta comenzaba. Lejos había quedado el departamento ciudadano, que ahora nos parecía tan pequeño. Las calles pavimentadas, el tranvía, las escaleras, las vidrieras de los negocios del barrio, la Biblioteca, la parroquia, la escuela, todo gris y aburrido en comparación con tanto sol, flores, plantas y animales. Recorríamos felices los alrededores de la casona, visitando el corral de las gallinas, de las vacas, de los caballos. Los tíos tenían un criadero de cerdos, y algunas hectáreas con cereal. Criaban también conejos, pollos y pavos.

Llegaba la noche, la tía nos bañaba en un gran fuentón con agua tibia y jabón perfumado. Las habitaciones se iluminaban con lámparas a querosene. Cenábamos alrededor de una larga mesa en una cocina muy espaciosa, papas y huevos fritos, de postre uvas recogidas ese mismo día del gran parral que hacía las veces de galería y luego... a la cama! El sueño llegaba rápido, había sido un día vivido a pleno. Mañana nos esperaban nuevas aventuras.

miércoles, 14 de abril de 2010

Un argentino ilustre


Cuando adolescente pasaba muchas horas en la Biblioteca Nacional. Una tarde, llegando casi a la entrada, vi avanzar en dirección contraria a un anciano alto, de aspecto distinguido, con un bastón; entró un poco antes que yo. Había en él algo que lo hacía imponente a pesar de su aspecto frágil; pregunté a la recepcionista de quien se trataba, me contestó: es el director de la biblioteca, el señor Jorge Borges. Así conocí a uno de los escritores argentinos más famosos del siglo.

En esos tiempos no había internet, ni computadoras, ni siquiera fotocopiadoras. En la espaciosa sala de lectura general los lectores apoyaban sus libros en anaqueles lustrados o en largas mesas de roble muy bien iluminadas con luces individuales. El silencio era absoluto. Los estudiantes tomaban apuntes escribiendo velozmente con bolígrafos o lápices; los profesionales tal vez usaban lapiceras fuente. De vez en cuando se oía un suave carraspeo. Algunos más jóvenes cuchicheaban en un rincón.

No había ventanales pero se respiraba un aire límpido, por supuesto nadie fumaba; el lugar era muy alto con un techo abovedado cubierto de frescos y obras escultóricas que alternaban con vitreaux artísticos de colores. Cada tanto pendía una araña de bronce con innumerables lámparas de cristal siempre encendidas. Las paredes estaban cubiertas de libros ordenados en prolijas estanterías a las que se accedía a través de angostos pasillos protejidos por sólidas barandas, subiendo por angostas escaleras. Por allí se movían sólo los bibliotecarios para satisfacer algun pedido de los lectores. Al final del salón se recibían las solicitudes, llenando un formulario con los datos y firmando la responsabilidad de cuidar de los elementos y libros prestados, a cambio de una tarjeta con un número; luego había que buscar ubicación y esperar en silencio, a veces varios minutos, hasta que por un alambre o hilo suspendido sobre el mostrador de los pedidos corrían varios cartelitos con números. Si aparecía el mío podia retirarlo, se me indicaba entonces el tiempo de devolución. Todo sin hablar. A nadie se le ocurría hacer preguntas o protestar. La palabra del empleado era sacrosanta, el ambiente también.

La mayoría de las veces pedía textos de estudio, raramente alguna enciclopedia. Si me sobraba tiempo, luego de haber copiado la lección, pedía una novela, un libro de poesias o una obra clásica de la mitología griega. Sólo para leerlo allí, no me animaba a llevarlo a casa, por temor a que mis hermanitos lo estropearan. Siempre pensaba lo mismo, por qué tantas contradicciones entre los autores o filósofos? Seguía leyendo, buscando algo que tal vez no existía, un libro que contuviera todas las respuestas, sin contradicciones. Claro que sería muy grande y pesado... tal vez en varios tomos, dónde estaba?

Pasaron muchos años hasta que encontré El libro. Pero fue bueno que así sucediera porque fueron años de formación, de estudio, de investigación, que me permitieron crecer y madurar disfrutando de la buena lectura. Eran tiempos sin televisión!

domingo, 11 de abril de 2010

El Libro


Esa tarde estaba sentada a la puerta de mi casa, con la pierna inmovilizada por el yeso, conteniendo las lágrimas ante la impotencia de moverme libremente. Me sentía sola y angustiada frente al problema de la limitación física, pensando como nunca en todos los interrogantes y en la necesidad imperiosa de buscar una respuesta que calmara mis inquietudes espirituales y fuera una guía para seguir viviendo, para alcanzar la paz interior que tanto anhelaba.

Vi avanzar a un joven que conocía por haber sido alumno y luego empleado administrativo en la empresa. Se detuvo junto a mí, se interesó por mi salud, yo le pregunté sobre su nuevo empleo en un Banco, charlamos un rato y luego me dijo que había iniciado una nueva actividad entrando en un grupo religioso donde estudiaba la Biblia; me pareció algo muy interesante, entonces me preguntó si la había leído o si me interesaría leerla. Había estudiado algunas partes en la escuela secundaria, el Pentateuco y los Evangelios, sin entender que formaran parte de un libro tan importante. Sí, me gustaría leer la Biblia. Se despidió prometiendo traerme un ejemplar a la brevedad.

Algunos días después celebrábamos en casa el segundo cumpleaños de mi hija Ana. Globos y guirnaldas de colores, música y juegos con toda la familia y los chicos del barrio. Entonces llegó Alfredo con un regalo para mí: un ejemplar de la Biblia. Se lo agradecí y lo guardé. Esa misma noche comencé la lectura, Adán, Eva, el Paraíso... no, aquellas historias míticas no me interesaban, además no lo entendía. Al día siguiente pasó otra vez para preguntarme sobre el curso de la lectura, amablemente intenté devolvérselo aduciendo que no comprendía nada. En ese momento no creía que considerar el libro sacro agregara ni quitara nada a mi vida, otras cuestiones que juzgaba más importantes ocupaban mi mente y mi tiempo. El muchacho insistió, "le mandarè unos amigos que gustosamente le explicarán el contenido y ya verá usted como le agradará", casi por compromiso acepté.

No pasó mucho y ya tenía la visita de una joven muy simpática, Lina, que me guió en el estudio. Entonces, poco a poco, fui hallando las respuestas a las preguntas que me hacía desde la niñez, el origen de la vida, la existencia de un Creador, su nombre, el propósito de mi propia existencia. Ahora entendía el porqué de aquella visión premonitoria. No era la garantía del fin de mis problemas, pero era algo que le daba un sentido a mi vida, a mis "lágrimas y sonrisas".

miércoles, 7 de abril de 2010

Caminando voy


Caminando... subiendo, andando. A veces sucedía que las vicisitudes de la vida pesaban demasiado y debía hacer una parada para frenar el ímpetu de la búsqueda; otros requerimientos impostergables detenían por un tiempo el andar inquieto tras las respuestas espirituales: la profesión, la empresa familiar, los hijos.

Mis treinta y cinco años marcaron un hito en mi vida; había alcanzado algunas metas propuestas en la adolescencia, tales como una carrera docente, el matrimonio, la formación de una familia, cierto bienestar económico. Sin embargo, cuando parecía encaminarme a una serena adultez, comenzó una etapa gris, de crisis conyugal, del quebrantamiento de una felicidad que hasta ese momento parecía inamovible. Y todo se precipitó cuando sufrí un accidente doméstico que me inmovilizó por un tiempo, algo inusual para mí, acostumbrada a una hiperactividad laboral y familiar. Desde ya la casa y la empresa funcionaban igual sin mí, me reemplazaban en parte parientes, amigos y empleados. Pero yo no me resignaba. Un pensamiento me sacudía el alma.

Estando en la mesa de operaciones, cuando el médico intervenía mi tobillo fracturado, tal vez por efecto de la anestesia, en un momento tuve un sueño o una visión terrible: alguien, vestido con una larga túnica blanca venía a buscarme, me tomaba de una mano y me llevaba consigo ascendiendo a través de un sendero luminoso hasta el espacio; de pronto explotaba una nube blanca y se abría el cielo, y oía una voz que exclamaba: DIOS!!, inmediatamente una gran paz inundaba mi ser y sentía una felicidad tremenda. Luego alguien me decía: "Debemos volver, aún te necesitan". Más tarde me desperté en la cama de un sanatorio, unas enfermeras me observaban y hablaban entre sí.

El recuerdo de aquella visión había cambiado mi vida. Más que un sueño fue una revelación; en ese momento yo entendí que todas las creencias sostenidas hasta ese día, las doctrinas, así como las teorías científicas y filosóficas consideradas eran falsas, no contenían la respuesta que yo anhelaba en cuanto al origen y la finalidad de la vida y la existencia de un Ser supremo. Ahora, más que nunca, debía reiniciar la búsqueda. Estaba otra vez en el camino.